Un intento por sobrevivir: Por favor, no empujen

Por: Daniel Vidal Toche

La primera publicación de Fernando González Nohra se compone de seis relatos. Lo curioso es que puede funcionar como una novela elíptica, plagada de silencios en los que el lector es envuelto y las respuestas le son concedidas en pequeñas referencias que interconectan temporalmente los cuentos. Así, vemos una evolución temporal de la obra como un sucedáneo de capítulos que no traicionan el sentido de ninguno de ellos. Por ello, a diferencia de otros libros de estilo semejante, es preferible leerlo en el orden trazado por elautor y no adelantarse «… para no perder el paso».

En Por favor, no empujen el humor ácido es el pretexto para mostrar la verdadera soledad de Gonzalo, personaje principal y narrador de sus desencuentros, que vive en una ciudad como Lima, donde es testigo a diario de «cómo la neblina que subía por el acantilado se iba tragando de a pocos la ciudad». Un lugar en el cual todos parecen caminar en su contra: «Los pocos que caminan en mi dirección lo hacen tan lento que se convierten también en un estorbo, tengo que esquivarlos para no perder el paso». Un reflejo vital de lo que significa vivir en un país divorciado de sí mismo. Donde los conflictos no sólo habitan en lo hondo de la pobreza, sino que se presentan a cada esquina como reiterando, una y otra vez, que permanecerás «vivo y vacío» (paráfrasis usada por Gonzalo con respecto a Henry Miller).

El estilo narrativo del autor es frugal; no ahonda en extravagancias. Su lenguaje transmite el habla limeña sin ambages. Para el autor es vital que se deje hablar a los personajes, y esto se logra en Por favor, no empujen. Gonzalo jamás deja de ser él, jamás permite que la vida y los personajes estrafalarios —sátiras de una sociedad exagerada como la limeña— mellen en él.Seguirá intentando escribir, que en este caso es lo mismo que intentar sobrevivir.

Conjetura acerca de La Conjura


Siempre he pensado que el suicidio es incongruente con la elección de la escritura como forma de vida, da igual que sea la persona quien elija a la literatura o sea ésta la que decida a quién le cae encima. Sea como fuere, hay que tenerlos bien puestos, no sólo para empezar -es lo de menos- sino para aguantar. Es decir, si le ha picado a uno el bichito, no queda otra que tirar para adelante. Un escritor no se suicida así porque sí, se suicida por alguna razón que anida en su propia condición, como Hemingway y el cañón de la escopeta dentro de su boca.

John Kennedy Toole no aguantó. Se suicidó a la primera, supuestamente porque no conseguía que lo publicaran. Tuve un compañero de trabajo que había sido periodista de campo en un diario de México: ahora está de vuelta en España, lleva escritas tres novelas y a pesar de ello aún continúa inédito… sin embargo sigue intentándolo.

Conforme leía La conjura de los necios tuve la certeza de que Ignatius y su dulce y sobre-protectora madre tenían una relación bastante especial, por decir lo menos… tal vez un poco enfermiza, e incluso destructiva. Este dato no tendría ninguna relevancia si no fuera por el hecho de que es inevitable que un escritor vuelque al menos una parte de su propia carga emocional en la obra de la cual es creador. Así, a mi entender, Ignatius J. Really no es sino una grotesca y fofa caricatura del mismo John Kennedy Toole; entonces, la madre de Ignatius, a la que éste considera la fuente de sus desgracias y de su infortunio, ¿es acaso un fiel reflejo de la progenitora de Toole?, ¿de aquella abnegada madre que años después de la muerte de su hijo, a punta de insistir, lograra la publicación de la novela por la que éste había decidido quitarse la vida?

Decidí investigar y averigüé que, como Ignatius a sus treinta y tantos, el autor todavía vivía con su madre cuando con 32 años manejó su carro hasta otro estado sólo para matarse; al igual que la madre de I., la señora Toole era sobre-protectora, anticuada y acaparadora, y la relación que mantuvo con su hijo fue siempre desproporcionada, en muchos aspectos. Me enteré, entre otras cosas, de la inclinación y el gusto de Toole por los hombres, factor que hubiese sido determinante en la relación con su madre si ésta hubiera llegado a enterarse de las preferencias sexuales de su querido hijo. Probablemente el autor tuviera miedo de la reacción que ella hubiese podido tener o de las consecuencias que habría traído confesarle tamaña cuestión, recordemos que eran otros tiempos y ni siquiera había hecho su aparición la música disco.

Parece que para ser un escritor reconocido, siendo de Lousiana, hace falta necesariamente ser homosexual.

Ahí tenemos a Truman Capote.

También a Tennessee Williams.

 

Ahora a John Kennedy Toole.

 

Y a...

Miguel Ildefonso, acerca de Por favor, no empujen



   Una urbe de seres extraños, literatos obsesionados por transgredir lo real. Los cuentos de Fernando González buscan sorprendernos y lo logran en base a una naturalidad matizada por lo obsceno, no exenta de ironía, para deslizarnos por un mundo procaz lleno de  analogías, con un lenguaje a veces sutil, y no pocas veces intempestivamente hiriente, con las que trastoca nuestra vulnerable posición de lectores. Son historias de escritores,  en que la realidad se cruza con lo literario, donde los roles actanciales de lospersonajes juegan a ser Otro en diferentes planos, desconcertándonos por veces, pero luego para demostrar que la realidad en que vivimos no es menos inocente que la realidad de la ficción. Y es lo que vemos, por ejemplo, en  Puta en ciernes. Con ambientes, climas, que nos recuerdan al más fino Julio Ramón Ribeyro, nos vemos inmersos en una ciudad implacable, y nos dice, con cierta burla: "En Lima abundan esas personas que fuman comosi al día siguiente se fuera a acabar el mundo, pero que son absolutamenteincapaces de comprar sus propios cigarros."
   En Pavarotti, en vivo, el humor nos recuerda que vivimos en constante peligro a caernos de nuestras propias caretas, resbalarnos ante nuestra mejor actuación. Somos marionetas del destino, somos actores de nuestras desgracias y tercos aventureros a la conquista de una felicidad quizás inexistente o imposible de ser vivida en la tierra, en esta vida que conocemos, bajo los moldes implantados por una cultura a la que sólo hay que someternos. Los personajes exagerados de Fernando González buscan no sólo impactarnos por sus perversiones u obsesiones, o por sus rebeldías, sino además por la caracterización realista y a la vez sobrenatural en que han sido trazados. Su humor, por ratos a lo Alfredo Bryce, nos devuelve a una Lima un tanto pintoresca, rescatando la oralidad y el habla coloquial de las calles más representativas de una ciudad en constante cambio. Esa relación hombre-ciudad se ve reflejada en estas líneas: "Ya era tarde, tenía que hacer. Pagué y me fui caminando a mi casa: pasé por la iglesia, atravesé el parque, vi alGreñas, también a Aceituna-Kateska, iba de la mano de un gringo con pinta de intelectual; llegué a Diagonal, el semáforo estaba en rojo y pude cruzar;caminé por Mártir Olaya esperando ver a alguien. No había nadie. Salí por elpasaje Champagnat, y otra vez Diagonal; ya estaba en Pardo y seguí andando, porla alameda... Llegué a mi casa, nueve y media de la noche. Nadie había llamado. Me puse a ver televisión. Sonó el teléfono. No contesté." Un hombre consciente de su ciudad es un hombre obsesionado por conocer al otro. Es allí que nos identificamos entre estos personajes confrontados, en el que la vida se puede convertir en una lucha grotesca por sobresalir, o por ser quien quisiéramos para no ser lo que somos cuando nos hastiamos de vivir una simple cotidianeidad, esa muerte cotidiana.
   En Preservado en formol, el cuento más largo y ambicioso, entramos a lo que se propuso el narrador desde un principio: acceder a una realidad plena de paradojas, juegos absurdos, en el buen sentido de la literatura esperpéntica de Valle Inclán. Leamos un fragmento: "Después devomitarlo todo, llegué a la conclusión de que todos estábamos hechos de la misma clase de mierda; claro que en diferentes grados y con distintos niveles de incidencia, pero al final no éramos más que eso: mierda, y en estado puro. Lo que realmente quiero decir es que hay casos -la mayoría- en que la gente nosólo evacua mierda por el culo, sino que además se les sale por todos los demás orificios corporales; a saber: poros, orejas, conductos nasales, vagina, uretra, etc.; mientras que en otros, la mierda alcanza sólo la cuota necesaria para poder llamarnos con propiedad seres humanos, porque la mierda es inherente a la especie humana... Y esto es cierto, aunque te duela."
   Finalmente, cabe señalar que Por favor, no empujen parte del a realidad más descarnada en un mundo canibalesco, pero cercano: una Lima saturada, en donde para vivir hay que despojar el lugar del otro, empujarlo,como reza el título. Se puede leer, también, como una sátira a nuestros modelos culturales y además como una parodia al mito del progreso. Ciertos pasajes aluden al tipo de crítica que hacía William S. Burroughs en El almuerzo desnudo a la sociedad consumista, policial y alienante de los Estados Unidos. Es poco probable, por eso, que el lector salga del todo ileso.

Miguel Ildefonso, el martes 16 de octubre del 2007 durante la presentación de Por favor, no empujen.

Librería Crisol. Óvalo Gutiérrez, Miraflores.

Carroñero, portada

Carroñero - Editorial Quadrivium, 2010.

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Carroñero, presentación a cargo de Gabriel Ramírez Lozano

Jueves 22 de Julio, 20.30h

Presentación de la novela Carroñero, de Fernando González Nohra (Ed. Quadrivium, 2010)

El escritor Gabriel Ramírez Lozano es el maestro de ceremonias escogido por Fernando González Nohra para la presentación de Carroñero (Ed. Quadrivium, 2010), su segunda novela, el próximo jueves 22 de julio, a las 20.30h, en el Entrelíneas Librebar.

Gonzalo de Córdoba, Nº 3 - 28010 Madrid.
Metros Quevedo y Bilbao.

Fernando González Nohra nació en Lima, en 1976. Además de la carrera de Derecho, siguió otros estudios universitarios para satisfacer al resto, aunque nunca satisfizo a nadie. Publicada como colección de relatos (Perú, 2007) y como novela (España, 2008), su primera entrega,"Por favor no empujen", resultó finalista en su edición del año 2004 del Premio Internacional de Novela La Ciudad y Los Perros, convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano Mario Vargas Llosa. Ha participado en antologías de diversa índole y colabora asimismo en algunos medios escritos. Actualmente reside entre Lima y Madrid, ciudades donde se desempeña en oficios menores o de escaso desafío intelectual con tal de poder presentar un libro de cuentos y otra novela en plazos estipulados por él mismo. "Carroñero" es su segunda novela.

Ouija - Entrevista a Charles Bukowski (*)

 

Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más.

  

Quería tomar algo y fui al Antro Azul. No era que el sitio se llamara exactamente de esa manera; es más, que yo recuerde no tenía ningún nombre, pero era de verdad un antro a las justas iluminado por una pastosa y mortecina luz azul que se desparramaba por las paredes, oprimiéndole a uno el alma y tiñéndolo todo de color muerte. Así que normal, pues, el Antro Azul... Estar ahí sentado hacía que uno se sintiera desgraciado, desequilibrado o al borde de la locura, pero la cerveza era barata y no le añadían agua... aunque los bocaditos de queso no supieran a queso ni a nada semejante. Como siempre, el lugar parecía desolado, salvo por un viejo escandaloso situado al final de la barra que a gritos me conminó a que le comprara una cerveza. Estaba por decirle que se la comprara su vieja cuando en esa añeja y en apariencia bombardeada cara reconocí a Charles Bukowski, el viejo indecente. No tenía para pagar otra, pero aún así, ni huevón, le acerqué mi cerveza y aproveché para pedirle una entrevista; el bueno de Hank me miró con ojos severos y pidió por ella 500 dólares.

 

F.G.:    Lo siento, esto es lo único que puedo darte.

C.B.:    Es una pena, por 500 dólares soy capaz de convertir a Burt Reynolds en lesbiana. Pero estoy aburrido, así que a ver si dejas de mirarme tanto y empiezas de una vez.

            Es que tienes una cara especial , como si hubieses llegado al final de algo.

            Yo creo más bien que es una cara parida a golpes, tuve granos como forúnculos. Además, en 1989 superé una tuberculosis.

            Eres un tipo duro, siempre lo has sido.

            Sí, soy el mito. El incorruptible, el único que no se ha vendido. Mis cartas se subastan en el Este por 200 dólares. Y yo no puedo comprarme una bolsa de pedos. ¿Qué dices de eso?

            Que no me sorprende. Bueno, para comenzar, hay gente que encuentra en tu literatura cierto parecido con la de Hemingway. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

            Que están equivocados: el tipo sabía escribir, pero no sabía reírse.

            Ya que descartamos a Hemingway, ¿cuáles consideras que fueron tus influencias?

            Al principio, Céline y Knut Hamsun... hasta que conocí a John Fante, el único al que he podido besarle el culo. Luego me gustó Camus, pero cuando empezó a hacer discursos en las academias, murió su fuerza de escritor. No fue un accidente de automóvil lo que lo mató, no. Por eso ahora mi principal influencia soy yo mismo.

            Entre tus libros de cuentos, novelas y poemas, se ve que tuviste una producción dilatada. ¿Qué es lo que quisiste decir con tu obra, qué buscabas con ella?

            Nada, mi obra no tiene un significado especial que yo sepa. Yo no buscaba justicia ni lógica. Nunca lo he hecho. Quizás por eso nunca escribí cosas de protesta social. Para mí, la estructura entera carecería siempre de sentido, al margen de lo que hicieran con ella. Realmente no puedes sacar nada bueno de algo que no está ahí.

            ¿Qué piensas entonces que es lo más importante que ha dejado tu escritura?

            He recibido muchas cartas de gente que afirma que mi escritura le ha salvado el pellejo. Pero yo no la escribí para eso, la escribí para salvar mi propio pellejo. Eso es lo primero que debe hacer la escritura. Si lo hace, entonces será automáticamente jugosa, entretenida.

            Leyéndote se puede sacar claramente en limpio de que disfrutabas escribiendo tu obra, que gozabas con ella. ¿Esto la hace buena?

            Sólo existe un juez definitivo de la escritura, y es el escritor. Puedo asegurar que aunque el dolor no crea la escritura sino que la crea el escritor, cuanto más viejo es un escritor, mejor debería escribir; ha visto más, sufrido más, perdido más, está más cerca de la muerte. Esta última es la mayor ventaja.

            Ya que tocamos el tema: el suicidio, tanto como el dolor y la muerte, ha sido siempre un tema recurrente en tus textos. ¿A qué obedece esta tendencia?

            Hay algo en mí que no puedo controlar. No puedo cruzar un puente con el coche sin pensar en el suicidio. Nunca puedo contemplar un lago o un océano sin pensar en el suicidio. Bueno, tampoco le doy demasiadas vueltas. Pero se me aparece de repente en la cabeza: SUICIDIO. En cambio la muerte tenía muy poco significado para mí. Era la última broma de una serie de bromas pesadas.

            Muchos de tus detractores se centran en el hecho de que redundaras tanto en el fracaso y en la temática del perdedor como figura y lev motiv de tu obra.

            Es que el conocimiento es, si no se aplica, peor que la ignorancia. Yo no era un hombre que pensara, yo me movía por lo que sentía y mis sentimientos se dirigían a los lisiados, a los torturados, a los condenados y a los perdidos, no por compasión sino por camaradería, porque yo era uno de ellos, y también trabajé por sueldos de miseria mientras un pez gordo violaba vírgenes de catorce años en Beverly Hills. Como ellos, yo estaba perdido, confuso, era indecente, miserable, miedoso y cobarde; injusto, y amigable sólo a ráfagas, y aunque estuviera jodido, sabía que eso no me ayudaba, no me curaba, sólo reafirmaba mis sentimientos.

            En consecuencia no te consideras un intelectual

            En absoluto. Un intelectual es un hombre que dice una cosa simple de un modo complicado; un artista es un hombre que dice una cosa complicada de un modo simple. Yo me considero un artista. Aunque lo soy muy raras veces. La mayor parte del tiempo no soy nada.

            Sólo un loco más, ¿no?

            Puede que sí, a veces la locura se hace tan real que deja de serlo.

            Por eso los bares, el hipódromo...

 

Ante la sola mención de estos lugares, Hank se sumió en el silencio, en lo que parecía ser el abismo insondable de su memoria. Con los ojos súbitamente anegados, encendió un cigarro y me confió:

 

            Cada hombre está clavado en su cruz especial. Y el momento de buscar trabajo atravesaba con pedos y eructos mi loco horizonte. Iba a los hipódromos para intentar escapar de la fábrica, de la oficina de correos de los Estados Unidos. Iba allí buscando una oportunidad en la vida.

            Después de que se te brindara, ¿has seguido siendo un asiduo a las carreras?

            He intentado alejarme del hipódromo, pero me pongo muy nervioso y me deprimo, y esa noche no tengo savia que infundir a la máquina de escribir. La humanidad hiede, y supongo que sacar mi culo de aquí me obliga a mirar a la Humanidad. Es sencillamente demasiado, un continuo espectáculo de los horrores. Me aterroriza. Pero también soy, hasta ahora, una especie de estudioso. Un estudioso del infierno.

El infierno de la cotidianeidad, ¿cierto?

 

Levanté la vista esperando su respuesta, pero Bukowski ya no estaba. Se había largado, y sin siquiera despedirse o agradecerme por la cerveza. Me dirigí al tipo de detrás de la barra y le pregunté si acaso había visto qué dirección tomaba el viejo en su salida. Dijo que no, por supuesto, que estaba loco, que me había pasado todo el rato hablando solo. Cosa mala, la verdad, muy mala... sobretodo porque no recordaba haberme bebido esa cerveza...

 

* Textos de las respuestas tomados de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, Shakespeare nunca lo hizo, Se busca una mujer, La máquina de follar, Música de cañerías y Escritos de un viejo indecente.

 

 

Carroñero, reseña de Gabriel Ramírez Lozano

Fernando González Nohra es un joven limeño que ha decidido escribir. Y es una suerte para nosotros porque lo hace verdaderamente bien.

Carroñero es una novela divertida, bien contada, con algunos personajes perfectamente dibujados y, por ello, difíciles de olvidar, trepidante en su desarrollo y bien resuelta. Muy bien escrita. Además de los personajes que uno espera encontrar (de esos de carne y hueso) encontramos un par de ellos algo distintos. Doctor, un perro onanista. Lima, una ciudad maravillosa por la que poder pasear disfrutando de lo que le pasa al resto de personajes (los que tienen huesos).

El autor ventila con gracia, y desde la zona oscura, lo que representa el proceso creativo del escritor. En este caso del escritor que no escribe por estar bloqueado y por ser un flojo de cuidado. El autor ventila el asunto de la esperanza desde la relación de pareja. El autor ventila el amor desde la desesperanza y la violencia.

Trabaja este joven con un vocabulario muy reducido lo que le obliga a elegir el tono con cuidado. No esperen una lírica asombrosa, no, esperen encontrarse con el mundo.

Es verdad que en la novela está la literatura de Fante, de Miller y de Bukowski. Pero esto, lejos de rebajar lo más mínimo la narración, la engrandece de forma notable. A los escritores no se les debe olvidar nunca de donde vienen para saber hasta donde quieren llegar.

De momento no se distribuirá en las librerías, pero sí lo pueden adquirir en Entrelineas y en la propia editorial. No dejen de leer este libro. Sé que no arriesgo nada al recomendarlo porque no me equivoco.

Calificación: Muy Bueno.

Tipo de Lectura: Divertidísima y muy recomendable. Los jóvenes pueden disfrutar de lo lindo. Y los menos jóvenes más.

Tipo de lector: Cualquiera.

No sobran páginas y engancha desde el principio.

Personajes: Muy bien perfilados.

¿Dónde puede leerse?: En la playa, con una cerveza fría en la mano, fumando y observando a los bañistas para saber si podrían ser como los personajes de la novela.

Carroñero, reseña de Carmen Neke (actosdelectura.blogspot.com)

Fernando González Nohra es un escritor muy peculiar. Su estilo tan personal, a caballo entre lo canallesco y lo poético, es una mezcla que a casi nadie le va a funcionar y que suele acabar cansando al lector a las dos páginas. Sin embargo el protagonista de esta novela, Gonzalo Fernández, aspirante a escritor pese a su bloqueo creativo y fracasado vital a tiempo completo, va a ser capaz de mantener la atención del lector sobre su vida y desventuras de la primera a la última página. La novela Carroñero es un relato en primera persona en el que el cinismo, lo sórdido, lo ridículo, lo poético y lo patético se mezclan en un cóctel irresistible y único que va a divertir, emocionar y asquear al lector a partes iguales. 

 

Por desgracia no se está distribuyendo en las librerías, pero sí lo pueden adquirir en Entrelineas (Entrelíneas Libre-bar: C/ Gonzalo de Córdoba, Nº 3 - 28010 Madrid) y en la propia editorial Quadrivium. Si tienen ocasión de comprar este libro, háganlo. Para ustedes mismos, para regalar a amigos y parientes que no se escandalicen con rapidez, o para todos. Se los recomiendo, sin duda alguna.

El gran Gatsby, Scott Fitzgerald

¿QUÉ TE PASÓ, SCOTT?



Acepto e incluso aplaudo de buena gana la crítica que en El gran Gatsby haces de la sociedad norteamericana en general y del llamado “sueño” americano en particular. Es más, es de resaltar; pero Scott, siendo sinceros, podrías haberte esforzado un poco más, ¿no crees?

Voy a intentar explicártelo repasando un por uno los puntos en los que el patín se te fue para un lado. Lo que sí, procura no exigirme demasiado puesto que tu novela salió igual que entró: así, sin pena ni gloria... lo que en cristiano -más, si cabe- significa que no lo recuerdo todo con exactitud y me da una pereza inmensa soplarme entera su lectura otra vez.

Es que no terminas de convencerme.

Y ya he tenido bastante.

Eso, más que nada, porque te pusiste muy retórico y con tanto adorno tu narrador llega a caer pesado. Está bien, lo admito, puede que lo bosquejaras como un tipo muy culto, pero todos los libros que Nick Carraway pudiera haberse comido en el transcurso de su vida no conseguirían nunca que el tipo pasara de ser un simple corredor de bolsa.

¿Me explico?

Quiero decir que ya está bueno de subestimar al lector, ¿no? Pongo en tu conocimiento, por si no te hubieras percatado, que no todos hemos nacido ayer.

Otro punto flaco es que debiste haber escogido una historia un poco más creíble, ya que viene a ser un tanto difícil tragarse todo lo que hay, escondido o no, alrededor de Gatsby. Aunque tal vez esa nebulosa no sea una falencia de la historia en sí sino de una posible incapacidad tuya para dárnosla con cucharita. Lo cual, por otro lado, parece ser tu intención.

Otro punto débil, y éste algo más acusado ya, es el de la (in)definición sexual de tus personajes. Claro, es posible que tu intención fuera dejar flotando la sexualidad tanto de Gatsby como de Nick, para de ese modo, quizás, enfatizar la sensación de ambigüedad y falta de compromiso -si acaso- que querías transmitir o denunciar respecto de la sociedad contra la que descargas tu artillería. Queda muy bonito y de una profundidad, digamos, excelsa, pero la sensación que aquello me dejó no fue la de ambigüedad de la sociedad norteamericana sino que aquí sí que patinaste feo.

Más, quiero decir.

Sin embargo para ser justo y objetivo en este aspecto es necesario que nos situemos: efectivamente, puede que quisieras retratar a este tipo, Gatsby, en su intento desmedido de ascender socialmente y lograr sus objetivos y que para ello intente valerse realmente de TODO lo que tiene a mano, o no estrictamente en su mano. De haberlo logrado, habría resultado una jugada maestra. Pero no, te quedaste corto. Hay allí otra patinada. Ahora, también es posible que esto se debiera a que en tu tiempo seguramente no hubiese mucho material humano en el que pudieras basarte para crear a tu personaje, que no tuvieras un referente en base al cual delinear a Gatsby. Lo que es verdaderamente curioso es que suceda exactamente lo mismo con Carraway...

Que te tambalearas una vez en el tema, bueno, puede entenderse, pero, ¿en dos, y hasta en tres oportunidades?

¿Hay algo que nos estés ocultando, Scott?

En cuanto al final... ¿De verdad creíste que estabas moviendo tus fichas de manera efectiva? Efectiva puede que sí, pero no verídica, pues tanta filigrana y coincidencia le restan credibilidad a los hechos y emparentan tu novela con los culebrones televisivos mexicanos o venezolanos. Por ejemplo, que conduzca Daisy y no Gatsby... no sé, lo mastico pero no lo paso, porque si no de seguro que me atraganto.

Es por ello y por todo lo que no recuerdo que me permito preguntar: ¿Qué te pasó, Scott?

Carroñero, prólogo de Carlos Salem

El blues del regador regado


¿Bukowski en Miraflores? ¿Bandini en la Avenida Pardo? ¿El personaje espejado de Miller en una Lima que siempre se está desperezando del último sueño o de la pesadilla que viene?

Casi, pero no.

Por suerte, porque aunque en Carroñero encontremos signos vitales de esas búsquedas que no han variado mucho en medio siglo, también está el desconcierto nacional que une a países diferentes. El hombre al costado de un sistema que desprecia o al que quiere acceder por sus propios métodos, el artista que pretende serlo para dar un motivo a su existencia ya que no lo encuentra para las de los demás, el paria por voluntad que desconfía de los caminos conocidos pero se sabe demasiado perezoso para trazar uno propio.

Todo eso y más es Gonzalo, el protagonista de esta novela, un escritor que no ejerce aunque se pase horas frente a un cuaderno en la mesa de un café, sin ver, tal vez, que la inspiración que espera pasa por la acera opuesta, como la vida. Y también un amoral con complejo (leve) de culpa, que le teme al amor más que a la vejez. Cuando por fin se encuentra ante la situación ideal que siempre ha requerido para escribir (supervivencia asegurada por un tiempo, ninguna obligación, y hasta una bella mujer dispuesta a soportarlo por un tiempo), Gonzalo descubre que… no se le ocurre nada que valga la pena escribir. Es entonces cuando entra en juego el otro personaje que hace avanzar esta novela: García, todo lo que Gonzalo no quiere ser, es decir un trabajador regular de un oficio nada artístico, un tipo del montón y, para colmo, un cornudo vocacional que no sabe si la infidelidad de su mujer lo indigna o lo excita o ambas cosas a la vez. Ejerciendo de terapeuta sin serlo (todo por la pasta), Gonzalo descubrirá no sólo un tema sobre el que escribir sino también que la desesperación más cotidiana no perdona ni a los artistas. Que el amor no siempre espera y los titiriteros duermen con los ojos abiertos porque sospechan que alguien maneja sus propios hilos. Y que todo voyeur (todo escritor), se sabe espiado mientras espía las vidas ajenas. A ritmo de blues, esta novela cuenta la historia de un regador destinado a ser regado, un pillo con conciencia pero dispuesto a perdonarse siempre, acaso porque sospecha que nadie más lo hará.

Como fondo, una Lima que también podría ser Madrid o París, porque todas las ciudades acaban por revelar su condición provinciana cuando las conoces demasiado. Y los otros “artistas”, aquellos con los que Gonzalo se identifica menos que con los mecánicos o las viejas que hacen cola en el súper. Y Mónica, la promesa de algo por lo que valga la pena levantarse cada día, la seguridad de la que el escritor con dudas escapa y a la que deseará volver cuando aprenda que si es difícil manipular las palabras, con la vida es todavía más complejo.

Porquela vida muerde cuando te quedas quieto.

Yno respeta, ni siquiera por cortesía profesional, a los otros carroñeros.



Carlos Salem

Ouija - Entrevista a Juliio Ramón Ribeyro (*)

Escribir es darle caza, escribiendo, a una idea siempre fugitiva.



Había borrado cinta y estaba sentado en la mejor banca de Lima -en lo alto de una de las escaleras que conducen a la playa- tratando por todos los medios de chuparme una cerveza caliente... Sí, ya sé que son asquerosas, pero supongo que ésa sería la idea, ¿no? Quise fumar, y justo en el momento en que sacaba mi cajetilla alguien se sienta a mi lado y me pide que le invite un cigarrillo. ¿Cigarrillo?, pensé. Le ofrecí uno, lo miréy  al instante tuve que aguzar la mirada: la cara afilada, los rasgos angulosos... sin llegar a identificarlo por completo, el tipo me parecía conocido. Él a su vez me miró, al tiempo que ensayaba un gesto de auto-complacencia. “Estoy inferiormente dotado para la lucha por la existencia”, aseguró. Lo miré otra vez, aunque ya no me hacía falta, pues de pronto me sorprendí con que compartía cigarro y banca con el flaco, con el mismísimo Julio Ramón Ribeyro. Como tampoco me pesan demasiado -aunque a veces pareciera que sí-, lo que sigue es resultado de una charla de resaca matizada por el humo del tabaco y la neblina que subía por el acantilado:


F.G. :Flaco, ésta te la tengo que soltarde hachazo. ¿Qué es para ti escribir?

J.J.R. :Escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto en sí nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Por ejemplo, muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que elpensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible eimplacable de los signos alfabéticos. Sin embargo, en términos morales y estéticos, escribir es antes que nada una inmolación consciente y razonada que el escritor -el verdadero- hace de su tiempo, de su salud, de sus intereses materiales, de su vida, en suma, para crear un orden de palabras que lo satisfaga.

Entonces, según tu teoría, ¿cualquier clase de literatura es conocimiento? ¿Incluso las novelas históricas y las de esos vampiritos siempretan sospechosamente guapos y exitosos y adinerados?

Claro que no. Pero en lo que a mí respecta, aveces pienso que la literatura es sólo una coartada de la que mevalgo para librarme del proceso de la vida. Lo que yo llamo missacrificios (no ser abogado, ni profesor de la universidad, ni político, ni agregado cultural) son tal vez fracasos simulados, imposibilidades. Mi excusa: soy escritor. Mi relativo éxito en este terreno excusa mis torpezas en los otros. Siempre he huido de toda prueba, de toda confrontación, de toda responsabilidad. Menos de la de escribir.

¿Escribes en el sitio que sea? Me explico: ¿en el baño, en un parque, en todo lugar?

Jamás. Yo necesito mi marco habitual -cigarrillos, vino, un sillón cómodo, a veces música, una ventana a la calle-. De otro modo me es imposible hacerlo. Se diría que las ideas no brotan de mí espontáneamente por una operación subterránea de mi espíritu, sino que son extraídas de mi contorno por un fenómeno de ósmosis. Ahora, biológicamente, escribir me daña: fumo demasiado, bebo, se me entumecen los dedos, me arden los músculos del cuello, y siento todos los síntomas de la tortura. Pero todo esto va acompañado paralelamente de un gozo tan singular que podría hablarse casi de un caso de masoquismo.

Ya que has tocado el tema, y en vista de que te estás fumando todos mis puchos, ¿se puede afirmar que el fumar rige tu vida, que subsistes de acuerdo a los dictámenes muchas veces vejatorios de una especiede tabaco-cracia?

Lo que está claro es que a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. Con el tiempo el fumar se fue infiltrando en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno -salvo el dormir- podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre yl eerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido. Estaba pues instalado en plena insania.

De lo cual infiero que el imperio del tabaco terminó por volverte loco...

Hermano, la locura no consiste en carecer de razón sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias.

Por el vicio, ¿llegaste a hacer algo que de otro modo te habría sido impensable, e imposible?

Claro que sí. Por decirte, un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses -y en consecuencia leer mis cartas- y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda.

¿Cómo te sentiste al respecto?

Me tomó un par de días terminar dedesprenderme de todos, y cuando finalmente lo había hecho, sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

¿Pudiste sacar algo en limpio de esta experiencia?

Sí. Más allá de que por algún tiempo la ambulancia se convirtió en cierta forma en mi medio habitual de lo comoción, el fumar posibilitó que escribiera toda mi obra. Y es que, reflexionando, el cigarrillo era para mí un hábito y un rito.Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza hasta formarparte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación;y como todo rito estaba sometido a la observación de un protocolo riguroso, sancionado por la ejecución de actos precisos -el deescribir, por ejemplo- y el empleo de objetos de culto irreemplazables.

Sólo por copiarte, y a ver si por suerte o gracia divina se me pega unpoco de lo tuyo: ¿qué acostumbras leer, tienes algún autor predilecto?

Yo leo prácticamente todo, quizás porque nopuedo aún librarme de una concepción caduca de la cultura: la del hombre universal, aquel que debe saber todo. Como en esta época esimposible saber todo, lo único que logro es no saber nada bien y saber todo mal. En consecuencia, mi cultura no es ni siquiera un bazar sino un baratillo, un mercado de las pulgas. Por lo mismo siento la necesidad de codificar mis conocimientos, que por falta de uso se disuelven en el crepúsculo del olvido. Si supiera todo lo quesupe, sabría más de lo que sé.

Ilústrame, maestro: ¿me da la impresión solamente o de verdad estás diciendo que saber mucho no sirve de nada?


Totalmente en silencio, Julio Ramón me clavó una mirada contemplativa y en su cara vi que se dibujaba una media, casi imperceptible sonrisa. Opté por ofrecerle otro cigarro pero mi cajetilla, vacía ya, había dado todo de sí. Él en respuesta desenfundó algo que se me antojó sería una enorme chimenea: la encendió por uno de sus extremos, le dio una gran pitada y así, al fin, el maestro estuvo listo para escupir:


Lo que digo es que la cultura no es un almacén de autores leídos sino una forma de razonar. La cultura no dependede la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Por esomismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos.

Dehecho que en eso has dado en el clavo, pero no has respondido a mi pregunta...

Mira, en el fondo, me fatiga leer lo que careced e valor literario. Tú piensa nomás: por cada buen escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! Son las malas pruebas del modelo original, la mercancía con fallas que se vende al por mayor.


Entoncesel flaco se puso de pie, hizo un gesto que preferí interpretar como una despedida y caminó con dirección a las escaleras. Conforme sealejaba y bajaba por ellas, su silueta se difuminaba, confundiéndose con la bruma matinal y el humo de esa gigantesca chimenea. Hasta quepor fin desapareció y yo me quedé ahí, solo, resaqueado, sin cigarros y sin plata para comprarlos, con la certeza de poseer ya lasllaves pero dudando de si algún día encontraría tan siquiera una sola puerta.

Carroñero, reseña en La República

Carroñero, reseña en La República, aparecida el 21 de abril de 2012



La conjura de sí mismo

El tipo éste se pasó un par de años escribiendo una novela. Y después de eso todavía algunos más corrigiéndola. Es lo normal, supongo. El hecho es que John Kennedy Toole no era cualquier hijo de vecino sino todo un profesor de literatura, cosa que de algún modo le confería un aura especial. Cuando por fin terminó su ladrillo, La conjura de los necios, el autor empezó un largo peregrinaje que lo llevaría a presentar su original en un sinfín de editoriales. Como es lo usual, y al contrario de lo que él creía que pasaría, los rechazos no tardarían en llegar. Tampoco los portazos en la cara. Los editores se lo peloteaban como jugadores calentando en la cancha antes de un partido de fútbol. Hubo uno en especial que lo meció durante años y que en el colmo de su insensible divertimiento hizo que Toole corrigiera una y otra vez determinados pasajes de su novela, dándole vanas esperanzas de verla publicada, de por fin terminar de parir a su mofletudo y misántropo anti-héroe Ignatius J. Really.

Un día, sin decirle nada a nadie, el escritor de 32 años manejó desde su Nueva Orleáns natal hasta Biloxi, Mississippi, donde paró en un descampado. De la maletera sacó una manguera y conectó uno de los extremos al tubo de escape. Por la ventana del lado del conductor introdujo el otro extremo en el habitáculo del auto. Abrió la puerta y se acomodó en el asiento, subió la ventanilla y encendió el motor.

Se suicidó.

Así, de pronto, muerto por las letras… se diría incluso que a manos del mismísimo Ignatius.

No hubo otra razón aparente, al menos a primera vista.

Pero alrededor de diez años después, mientras ordenaba la habitación de su difunto hijo, la madre de John Kennedy Toole encontró un casi ilegible manuscrito. Lo leyó y le pareció una obra maestra. En ese momento la buena señora Toole se impuso la tarea de hacer que la novela que empujara a su hijo al suicidio fuera publicada. Empezó entonces un extenso y particular calvario que la llevó a presentar el manuscrito en infinidad de editoriales, sin resultados, como pasó con su hijo; sin embargo, a diferencia de John, ella tuvo el tesón necesario para agotar todas las posibilidades y finalmente tocar la puerta del escritor Walker Percy.

Percy no sólo leyó la novela sino que la devoró, cada vez más entusiasmado. Él mismo presentó el manuscrito en la editorial de la universidad donde impartía clases, la estatal de Luisiana. La conjura de los necios vio la luz, al fin, en 1980. En 1981, a John Kennedy Toole le fue concedido el premio Pulitzer de manera póstuma.

Dicen que se trata de una inteligentísima, ácida y disparatada novela. Muchos no dudan en comparar con el Quijote al personaje principal, el desmesurado gordo Ignatius J. Really. Incluso hay una estatua de Ignatius en la calle Iberville, de Nueva Orleáns.

Aunque, sinceramente, no sé por qué.

Declaración sobre el mojón (bilis)

 


 

        Lo confieso: nunca lo entendí, o probablemente sí pero jamás quise comprenderlo. Reconozco, además, que se me quitaron todas las ganas que tenía de leer otra cosa tuya; así que, como comprenderás (y pido me disculpes si de alguna manera llego a herir tus sentimientos), voy a ser muy subjetivo en cuanto a mis apreciaciones.

 Simplemente no te entiendo, y menos todavía a todos aquellos que te han proclamado el maestro de lo escueto (allá ellos, total, yo no soy cuida-culos de nadie); yo podría decir, sin embargo, que eres el MAESTRO de lo ESCUÁLIDO... Y es que lo tuyo no tiene sustancia, te olvidaste de aderezar el menestrón, así de simple... al menos en lo  concerniente a ese “cuento” (nota las comillas, por favor) tuyo tan famoso; de lo demás no puedo hablar porque, como te dije antes, se me fueron toditas las ganas que pude haber tenido de leer otro de tus escritos.

Quiero que, con tu venia, vayamos un poco más allá de esta actitud mía tan hepática, porque si no, si sigo en este plan, mi hígado, que dicho sea de paso se encuentra en un estado de evidente efervescencia, terminará por explotar y salpicará de esputos de odio todos mis órganos vitales; así que te voy a dar una última oportunidad (y sólo una, ¡entiéndeme!) de explicarme tu actitud o proceder o qué sé yo qué cosa...

Vayamos al grano:

 

EL DINOSAURIO

 

Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.

 

¿Qué carajo es eso? Monterroso, tío, no trates de verme la cara de idiota, no me huevees y explícame qué tipo de pajazo mental es ése. ¡Por Dios!, ¿acaso es tan difícil  ponerse en mis zapatos? Sinceramente no, de hecho estoy seguro que muchos piensan igual que yo; pero ése no es el punto, el punto es que ha llegado el momento de que me sueltes a los perros y descargues toda tu artillería, a ver si puedes conmigo.

¿Qué?, ¿que guarda un mensaje cargado de simbolismo? Sí, sí, ya sé que puede tratarse de un tipo con un problema tan grande como un dinosaurio y que nunca podrá zafarse de él; y también sé que, en todo caso, lo dejas a la libre interpretación de cada uno. Pero no me vengas, pues Augustito (nos podemos tutear, ¿no?), eso es facilismo y no me satisface. Es más, yo podría decir lo mismo en lo que se refiere a un cuento mío (nota ahora la ausencia de comillas) de sólo dos párrafos y cagarme en toda esa gente que luego de leerlo o escucharlo concluyeron que se trataba de un poema en prosa... Pero si ¡TIENE MÁS SIGNIFICADO QUE TU DICHOSO DINOSAURIO DE MIERDA! Y narra una historia, además.

No.

No.

No me jodas.

¿Pretendes que pierda el control?

Déjame decirte una cosita: no es que seas escueto, Augusto, para mí no eres (o fuiste, no sé, en cuyo caso pido de antemano las disculpas correspondientes) más que un flojo y un advenedizo. Sí, te explico: yo, que recién me estoy iniciando en este maravilloso mundo de las letras, podría escribir un cuento parecido al tuyo pero con la diferencia de que se trataría de un escrito con mayor significado y, lo más importante, un escrito más acorde con los tiempos que corren e infinitamente más comprensible para el común de los lectores, además. ¿Que no me crees? Pasaré a explicártelo, si me lo permites: el personaje de mi cuento haría algo por solucionar ese problema inmenso que lo aqueja, no se resignaría a vivir con él ad infinitum; aparte, el problema sería, en sí mismo, susceptible de ser superado. Claro, la naturaleza del objeto con que lo simbolizaría podría dejar entrever una gama inmensa en lo que respecta a su magnitud. Y, tal como dijera antes, que el protagonista actúe en orden de librarse del problema le da, valgan verdades, un valor agregado en despecho del dinosaurio y de la puta que lo parió.

Ahí te va:

 

EL MOJÓN

 

Y después de jalar la cadena, el mojón todavía estaba ahí.

 

¿Ya ves, Monterroso?, soy más grande que tú.

Prólogo de la edición española, por Fernando Iwasaki

González Nohra y la «Popmodernidad»

 

Hace dos años, un congreso celebrado en Madrid sirvió para que dos presuntas corrientes literarias peruanas se enfrentaran entre sí. A saber, la literatura «criolla» y la literatura «andina». Nunca quedó claro si los «criollos» eran los que habían nacido en Lima, los que escribían sobre sucesos limeños, los que publicaban en España o los que eran reseñados fuera del Perú; de la misma manera que jamás quedó claro si los «andinos» eran los que habían nacido en provincias, los que escribían sobre sucesos provincianos, los que sólo publicaban en el Perú o los que nunca habían sido reseñados fuera del Perú. Discutir sobre esas cosas, precisamente ahora que un escritor ayacuchano puede ser leído desde Helsinski a través de internet, se me antoja innecesario. Pero sobre todo porque categorías como «criolla» o «andina» no sirven para definir Por favor no empujen, primera novela del joven narrador peruano Fernando González Nohra.

            Para que una novela peruana pueda ser calificada de «andina», debería estar en deuda con José María Arguedas, Ciro Alegría o Manuel Scorza, pero no he percibido la lectura de esos autores en Por favor no empujen. Por otro lado, para que una novela peruana pueda ser calificada de «criolla», por lo menos debería estar en deuda con Vargas Llosa, Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro, pero Por favor no empujen tampoco nos remite a la lectura de esos escritores, aunque sí los cita con efusión. En realidad, el mundo de González Nohra está más en sintonía con el cine, la música y la televisión, y tanto su trama como sus criaturas podrían ser de cualquier lugar del mundo. Ni siquiera es una novela postmoderna, sino «popmoderna».

            A medio camino entre Roberto Bolañoy Quentin Tarantino, los personajes de Por favor no empujen son «detectives» y además «salvajes», pues su relación conla literatura es agónica, excesiva, violenta y tribal, aunque felizmente el humor los redime y los humaniza, dándole a la novela una impronta carnavalesca, en los términos definidos por Mijaíl Batjín. La diferencia está en que González Nohra no carnavaliza ni el arte, ni la cultura, ni la literatura, porque ha elegido carnavalizar los referentes musicales, televisivos y cinematográficos del mundo globalizado. De ahí que Por favor no empujen (sin coma) sea una novela «popmoderna».

Fernando Iwasaki

Sevilla, otoño de 2007

Por favor no empujen

 

Se desperezó y ahí vio a Rosita con su pétrea cara de mierda seca dejando sobre su cama otro de sus apestosos y raquíticos desayunos de hospital: té, jugo de naranja, tostadas con mermelada...

 

     -Ya -dijo ella desde su cara de mierda.

 

Y se fue.

 

Al verla irse con su falda floreada y su maraña de pelos y su andar medio rengo, concluyó que el verdadero infierno no era aquél ni ningún otro, sino éste en que pasaba sus días viviendo como si flotara al interior de un frasco lleno de aquel mismo formol en que se habían diluido sus sueños. Y esperanzas.

 

 

 

 

Entrevista en Dedo Medio

Entrevista aparecida en 2011 en la revista Dedo Medio

Entrevista en El Peruano, noviembre de 2011

Entrevista en el Peruano, noviembre de 2011.


Ouija - Entrevista a Henry Miller (*)

 

Mundos coñiformes... 

 

 

No me acuerdo cómo ni dónde fue, pero estaba acodado en la barra de un bar viejísimo y malísimo -de esos que tienen aserrín en el suelo-, cuando de pronto advertí que a mi lado había un calvito-cabeza de rodilla esperando ser atendido. Borracho y todo lo reconocí al toque: era Henry Miller, autor de los “trópicos”. No perdí la oportunidad y lo abordé invitándole una cerveza, consiguiendo así una entrevista en exclusiva con él:

 

F.G.:            Dígame una cosa, señor Miller...

H.M.:            Tutéame, llámame Henry.

            Bueno, Henry, ¿qué significado tiene para ti un libro?

            El significado de un libro radica en que el propio libro desaparezca de la vista, en que lo mastiques vivo, lo digieras e incorpores al organismo como carne y sangre que, a su vez, crean nuevo espíritu y dan nueva forma al mundo.

            Interesante postulado.

            Ajá. ¿Acá sirven vino en botella tapa rosca?

            Hmmm... No, creo que no, sólo cerveza.

            Esto es una mierda. En fin, prosigue.

            A pesar que la gente te conoció te tenía como la persona más amable y gentil, muchos de los que han leído alguna de tus obras te consideran un tipo duro, vil, hasta inhumano. ¿Qué opinión te merece este concepto que el grueso de la gente tiene de ti?

            Si soy inhumano es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e ismos.

            Pareces tener en muy bajo concepto a la especie humana, como si no te quedaran casi esperanzas...

            Es que es desalentador. El hombre no es capaz siquiera de destruirse a sí mismo; sólo puede destruir a los demás. Estoy asqueado.

            Suenas como un hombre justo.

            Me ofendes, y te digo por qué: son los justos quienes nunca han conocido el secreto de la confraternidad humana. Son los justos quienes están cometiendo los crímenes contra el hombre, los justos son los auténticos monstruos. Los justos son quienes exigen nuestras huellas dactilares, quienes nos demuestran que hemos muerto aun cuando estamos ante ellos en carne y hueso.

            En conclusión, ¿el mundo es una mierda?

            Lo único que te puedo decir respecto a eso es que la gran casa de putas en que han convertido la vida no requiere decoración.

            Crees entonces que el mundo no pasa de ser un gigantesco prostíbulo.

            Sí, la amarga experiencia me ha enseñado que lo que sostiene al mundo es la relación sexual.

            Ya que estamos tocando el tema, ¿qué opinión tienes de las mujeres?

            Muy simple, pues que al parecer no tienen bastante con un buen polvo... quieren tu alma también.

            ¿Te refieres a todas las mujeres?

            Sí.

            ¿Qué más has aprendido de tanta mujer en tu vida?

            Que hay coños caníbales, que se abren de par en par como las mandíbulas de la ballena y te tragan vivo; hay también coños masoquistas, que se cierran como las ostras y tienen conchas duras y quizás una perla o dos dentro; hay coños telegráficos, que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y rayas; hay coños políticos, que están saturados de ideología y niegan hasta la menopausia; hay coños vegetativos, que no dan respuesta a no ser que los extirpes de raíz; hay coños religiosos, que huelen como los adventistas del Sétimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja, excremento de ovejas y, de vez en cuando, migas de pan; hay coños diversos, que se resisten a cualquier clasificación o descripción, con los que te tropiezas una sola vez en la vida y que te dejan mustio y marcado; hay coños hechos de pura alegría, que no tienen nombre ni antecedente y son los mejores de todos, pero, ¿adónde han ido a derramarse?

            No sé, si lo supiera ten por seguro que no estaría aquí.

 

Miller se había quedado callado de súbito; con la cabeza en alto miraba hacia un punto indeterminado con ojos luminosos, casi incendiarios, como si de repente le hubiese venido a la mente un remoto polvo magistral, antológico. Estrelló con fuerza su vaso vacío contra la barra del bar, pidiéndome que le sirviera más cerveza; luego me gorreó un cigarro y, sin mirarme siquiera, sentenció:

 

            Y, por último, existe el coño que lo es todo y vamos a llamarlo supercoño, pues no es de esta tierra, sino de ese país radiante a donde hace mucho nos invitaron a huir: el País de la Jodienda, que es donde vive el Padre Apis, el toro profético que se abrió paso a cornadas hasta el cielo y destronó a las deidades castradas del bien y el mal.

            Gracias, maestro.

            De nada, hijo.

            Oye, Henry, no quiero quitarte más tiempo. Para terminar, y aunque sea una pregunta muy trillada, ¿qué podrías decirles a los nuevos escritores o a los que pretenden serlo?

            Que las ideas tienen que ir unidas a la acción; si no hay sexo y vitalidad en ellas, no hay acción. Las ideas no pueden existir solas en el vacío de la mente. Las ideas están relacionadas con la vida: ideas hepáticas, ideas renales, ideas intersticiales.

            Gracias por tu tiempo, Henry. ¿Alguna otra cosa más que quisieras añadir?

            No, ya me cansé de hablar contigo.

 

Entonces llegó una furcia y nuestro entrevistado se fue con ella en el acto. Los vi entrando juntos en el baño. Le deseé suerte, aunque era obvio que no la necesitaba; en cambio yo sí que la necesitaría: no tenía cómo pagar la cuenta... tendría que lavar los platos, otra vez.

 

 

 

 

 

* Textos de las respuestas tomados de Trópico de cáncer y Trópico de capricornio.

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