Lo miré entonces con toda la sordidez que pude acumular; él también me miró, pero de manera ausente, o mejor dicho extraviada, como si hubiese comenzado de pronto a experimentar un cambio físico, o glandular. Después se llevó sus manos a la garganta: sus ojos se tornaron blancos; su rostro, cual deforme pelota de baloncesto, enrojeció hasta ponerse como el color del tomate; como el foco de un prostíbulo, o como el infierno mismo; empezó a proferir profundos aullidos de dolor, sentidos quejidos de sofocación. ¿Se estaba estrangulando? ¿Quería suicidarse? Dejé de preocuparme, ya no tendría que liquidarlo yo. Me di la vuelta y volví al folletín; pero ni así pude leerlo, me preguntaba en qué acabaría todo aquello... Primero vendrían los serenos, luego la policía, después el fiscal de turno para proceder al levantamiento del cadáver (necesitarían una grúa de construcción o algo parecido); habría sirenas, ruido, barullo, bullicio...gordo maldito, ni estando muerto me dejaría tranquilo.
Se desperezó y ahí vio a Rosita con su pétrea cara de mierda seca dejando sobre su cama otro de sus apestosos y raquíticos desayunos de hospital: té, jugo de naranja, tostadas con mermelada...
-Ya -dijo ella desde su cara de mierda.
Y se fue.
Al verla irse con su falda floreada y su maraña de pelos y su andar medio rengo, concluyó que el verdadero infierno no era aquél ni ningún otro, sino éste en que pasaba sus días viviendo como si flotara al interior de un frasco lleno de aquel mismo formol en que se habían diluido sus sueños. Y esperanzas.
LA BRUMA
por: Fernando González Nohra
Había conocido a Susana cuando todavía estudiaba en el colegio. Ella era la novia de Martín, mi mejor amigo, y parecía estar muy enamorada de él. Juntos íbamos a conciertos o al cine y así lo pasábamos muy bien; aunque a mí siempre me enchufaban a su mejor amiga, una arpía escuálida de mirada terrible que yo me figuraba había sido destetada a destiempo. Yo le gustaba a Lorena, a decir de Susana, que como bien supones hacía las veces de alcahueta, pero me negaba a tener cualquier tipo de contacto con ella por temor a convertirme en piedra o que se me cayera la cara a pedazos. Yo solamente quería pasarla bien con Lorena; quiero decir que sólo con que le hablara de manera que a ella se le ruborizaran hasta las nalgas, me divertía y me iba feliz a mi casa y comía y tenía una buena digestión.
Un día Susana le dijo a Martín:
-Te amo, y quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Mi amigo se emocionó e imaginó los hijos que tendría con ella, pensó que les saldrían muy lindos y la idea le acomodó lo suficiente como para considerar la posibilidad de renunciar, desde tan temprana edad, a una desaforada soltería.
Al día siguiente ella terminó con él; no fue de extrañar, nunca lo es. Despechado, Martín fue tras otras chicas siguiendo su prodigioso olfato para el exceso de feromonas y la total ausencia de neuronas.
Tiempo después Susana me empezó a buscar, me telefoneaba y me tenía horas hablando de cualquier cosa. A mí no me gusta hablar por teléfono, pero con ella no me molestaba hacerlo porque había agregado un nuevo y suculento ingrediente al arte de masturbarme.
Hablaba sin parar. Un día me dijo, por ejemplo, que su madre le había encontrado un moño de ponzoña en su mesa de noche y la había amenazado con enviarla a un centro de rehabilitación para drogadictos.
-Uh, uh -dije yo-. Ah, sí...
-¿Oye qué te pasa? ¿Es que estás de acuerdo con mi vieja?
-¡Oh! No, para nada. Oh...
En otra ocasión me contó que su madre había seguido todas las dietas pero que ninguna de ellas le había ayudado a que bajara de peso.
-Oh, demasiado. Sí...
-Sí, yo sé que mi mamá está demasiado gorda, creo que para ella no queda otra que la liposucción.
-Mira, Susana, no hay lipo que, ¡ah!, pueda con, ¡oh!, los mofles de tu vieja... ¡Carajo!
-Ojalá nomás que no tengas razón...
Así estaban las cosas y así nuestras conversaciones. Otro día, después de una semana sin saber de ella, me llama y me dice que a pesar de los poderes de su madre para predecir el futuro, aquel exceso de grasa no había podido predecir que se rodaría las escaleras y que acabaría inmovilizada en su cama con la pierna enyesada, y que así como se presentaban las cosas, me esperaba en su casa porque tendríamos el primer piso, y todo el alcohol que ahí se almacenaba, a nuestra entera disposición para hacer lo que quisiéramos.
-Está bien -le dije-, espérame vestida.
Ella vivía en La Molina, así que tenía por delante casi una hora de camino y dos micros por sufrir. Llegué exhausto y sudando a chorros. Ella me sirvió un vaso de limonada helada; vacié la mitad de un trago y luego le añadí un poco de vodka de una botella que encontré en el aparador. Pusimos un poco de música y nos sentamos a conversar en el sofá de la sala. Ella llevaba un pequeño vestido de tiritas que me puso rengo al instante; se le veía todo: las piernas, la línea de los pechos, los hombros... todo de un blanco lechoso, y carnoso.
-¿Estás segura de que tu vieja no va a bajar? -le pregunté mientras le besaba y mordisqueaba los hombros, siempre me han vuelto loco los hombros al descubierto de una mujer.
-Segurísima, no se mueve por nada; incluso tiene un orinal al lado de su cama... Lo que sí va a hacer es llamarme a cada rato para que se lo alcance o le suba un vaso de agua.
-Vieja del diablo -dije yo.
-Sí -asintió ella.
Nos metimos de lleno en el asunto. Tenía una piel tan blanca y tersa que se me dio por lamerle todo el cuerpo. Y por acariciárselo. Empecé por la espalda: le acariciaba los vellitos por las puntas rozándole apenas la piel, que besaba suave y esporádicamente a la vez que canturreaba en tono muy bajo la canción que se escuchaba en la radio; ella se contoneaba, retorcía, serpenteaba como una monja a quien estuviesen haciéndole perder el control. Pensé que tal vez mis levísimos besos y caricias generaban en sus vellos una casi imperceptible vibración que luego, al pasarle al cuerpo, se convertía en un choque eléctrico que lo recorría por completo.
15 años, ¡MAESTRO!
Me tomé un buen tiempo haciendo eso, hasta que ella ya no pudo más. Mientras aplicaba a sus hombros mucha lengua y harto diente, y amasaba las carnes de su cintura y caderas, aparté con delicadeza los tirantes de su vestidito. No llevaba nada debajo. Ella me miró traviesa y se abrió de piernas, tenía las sandalias puestas... Pero esas tetas triangulares y esos turgentes pezoncitos a medio formar presentaban un aspecto tan inocente que me eché a reír; además, la situación quizás lo ameritase: me estaba almorzando a la ex de mi mejor amigo, ahí en el sofá de su sala, seguros de que su enorme y mondonguda madre pitonisa no bajaría porque, ya de por sí, le resultaba casi imposible mover siquiera un milímetro tamaña masa de adiposidad acumulada, y más todavía si tenía la pierna hecha papilla.
No podía parar de reír. Era tal mi ataque de risa que a continuación yo ya estaba saliendo de su casa dejándola ahí tumbada con sus pezones apuntándome como misiles balísticos y su humedecida y diminuta chucha en flor sin que fuera a obtener erecta respuesta por parte mía.
Salí de su casa con retortijones, riéndome.
Caminé 5 cuadras hasta el paradero, sufriendo espasmos, riéndome.
Esperé el micro durante 10 minutos fumando y riendo, pero ya menos.
Tomé el primero que llegó. Me hice un sitio entre una vieja que apestaba a mierda y un gordo inmenso que ocupaba el espacio de dos; me pregunté si igualmente pagaría por dos y eso también fue motivo de risa, pero bajita. El ambiente allí dentro hedía como si millones de culos lo hubiesen dejado todo impregnado de sus penas y miserias, y aquello hizo que me sintiera ya un poco mal, deprimido. De pronto, más o menos a mitad de camino, alguien, no sé si la vieja o el gordo, se tiró un pedo criminal. Sentí náuseas, sacudí mi cabeza lleno de asco y en eso veo al gordo rebuscándose la nariz con un dedo y con otro hurgando en su oreja izquierda... era bastante bueno, lo malo era que iba dejando todo lo que encontraba en el respaldar del asiento siguiente al nuestro.
El hombre es la pandemia del mundo, el cáncer.
Fue ahí que comprendí que no tendría otra oportunidad de remojar el payaso con Susana. Me lamenté de mi estupidez, debí al menos haberle mostrado el muñeco. Luego me consolé a mí mismo recordando lo que había leído en un artículo aparecido en el periódico el día anterior en el que se decía que en el Perú actual había siete mujeres por cada hombre. Hasta que llegué a mi casa me entretuve calculando que a ese dato estadístico había que restarle a los afeminados, contrahechos, tullidos, impotentes, ancianos, mendigos, asexuados como M. Jackson, los que son mecha corta y demás nulidades por el estilo; y claro, también había que tomar en cuenta, y de manera inversamente proporcional, a las lesbianas, vacas, lisiadas, feas, malhechas y todo el resto de raros especimenes del género femenino... porque a pesar de lo que muchos puedan creer, no todo hueco es trinchera en tiempo de guerra. Así que después de mucho cálculo y cansancio mental, concluí que no debía preocuparme porque habría alrededor de otras 31 mujeres dispuestas a brindarme sus caramelitos sin hacer ningún tipo de miramientos.
Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que mi cálculo había estado errado, totalmente. Sólo recibía, en muy contadas ocasiones, algunos pocos caramelitos perdidos que más que darme satisfacción me dejaban un mal sabor de boca.
Para esto, no volví a saber más de Martín, sólo cosillas como que alguien de su familia había ganado la lotería y que por eso ahora ya no saludaba a ningún conocido suyo con quien se cruzara en la calle. Ni a mí. Tampoco supe más de Susana, salvo por algunos escuetos comentarios que corrían de boca en boca entre los amigos que teníamos en común y de los cuales se desprendía, entre otras cosas, que ahora que estudiaba en la universidad era mayormente identificada como la “licuadora humana” y que, tiempo después, tuvo de novio a un tal Sandro Tossio al que se decía adornaba con una cornamenta digna del más fiero de los toros de lidia.
Entretanto yo seguía sin obtener lo que por derecho propio me correspondía.
Y así durante años, años en los que dejé de escuchar hablar de ella; no es que ya no quisiera, sino que simplemente la gente dejó de tener noticias de Susana. Nadie la veía, nadie la ubicaba; era como si se hubiese desvanecido... Cuando caminaba por la calle esperaba incluso ver su foto en un afiche pegado en un poste de alumbrado público y bajo el rótulo de:
SE BUSCA
DESAPARECIDA
BUENA RECOMPENSA
(SU FLOR)
Luego me olvidé de ella y de su chucha en flor, quizá con el tiempo ganara peso y sobrepasara con creces las dimensiones mastodónticas de su madre.
Pasaron varios años más. Cambié de facultad y casi a tientas y dando tumbos terminé mis estudios de Derecho. La abogacía me gustaba menos que encajar una patada en los huevos, pero de algo tenía que vivir. Me fue imposible conseguir trabajo en un estudio decente pero advertí que había, y siempre habría, una veta muy rica en lo concerniente al Derecho de familia.
Estuve ejerciendo la leguleyada y coimeando jueces en los pisos cuarto y quinto del edificio de juzgados civiles de la avenida Abancay, gastando lo mínimo y ahorrando lo máximo, almorzando en huecos inmundos y pasando mis noches, todas en vela, escribiendo en el miserable cuartucho que había alquilado en pleno jirón Azángaro, para así ahorrarme el gasto del transporte público.
Al cabo de un año o más ya tenía dinero suficiente para largarme del país. Europa esperaba por mí; no me importaba que tuviera que fregar platos o limpiar baños o recoger basura de las calles para luego bucear en algún relleno sanitario, allá podría labrar mejor mi futuro de escritor.
Compré un boleto de avión en rebaja con destino a Madrid y comuniqué a mis amigos mis planes de residir allí.
-¿Estás hablando en serio? -preguntó Cristiano.
-Claro -dije yo.
-¿Y qué mierda piensas que vas a hacer allá? -intervino Ricardo.
-Lo mismo que Miller en París, sólo que yo en Madrid.
-¿Sí?
-Sí.
Cristiano quedó pensativo, como tratando de dilucidar qué cosa había sido primero, si el huevo o la gallina.
-No quiero parecer estúpido -dijo-, pero, ¿quién chucha es Miller, ah?
Intenté explicarles quién era Miller y qué y sobre qué había escrito, sin embargo tampoco me comprendieron. Me trataron de imbécil, pero como cualquier cosa es motivo de juerga, convinieron en organizarme un viaje de despedida en el que el alcohol y los caramelitos correrían por cuenta suya.
A los pocos días estábamos en un terminal ubicado justo enfrente del Estadio Nacional embarcándonos en un bus a Huaraz.
Llegamos allí tras 7 horas de viaje. Temblábamos, hacía un frío del carajo. Nos instalamos en un hotel barato y salimos a recorrer la ciudad. En sí, Huaraz nos pareció un enorme montículo de mierda: en el pasado había sido casi borrada del mapa por incontables terremotos y aluviones y ya no quedaba ni rastro de su antiguo esplendor, sólo casuchas y construcciones sin sentido. Pero el paisaje de sus alrededores nos impactó, así que anduvimos por valles y conocimos ruinas preincaicas y visitamos lagunas y nevados. Todo muy lindo, pero muy pronto nuestra naturaleza nos traicionó y nos aburrimos... queríamos alcohol, y yo caramelitos.
Encontramos un bar a pocos pasos de la Plaza de Armas y nos metimos allí una tarde desde temprano. El lugar parecía más una taberna del centro de Lima que un bar de provincia: oscuro, sólo a la tenue luz de unos cuantos focos azules y rojos; silencioso, con desgarradores boleros cantineros como música de fondo; hediondo, como si el propio diablo se hubiese tirado allí dentro un pedo con sorpresa; solitario, con sólo un puñado de sucias y rollizas putas de naftalina acodadas en la barra... no hablaban entre sí, tampoco se miraban; aparentaban más bien ser parte del mobiliario que añosas putas aguardando clientela.
Nos sentamos a una mesa y las botellas de calientito y aguardiente de caña empezaron a venir una tras otra; estábamos en la sierra, por lo que el trago demoraba mucho en subírsenos a la cabeza. De repente aparecieron un par de parroquianos y una de las putas se los llevó de la mano por un pasillo largo largo largo. Nos pusimos a bromear acerca de lo raído que debía de tener el culo aquella puta arqueológica y sobre lo difícil que seguramente les resultaría a esos dos pobres infelices diferenciar el pútrido agujero de esa momia entre tanta arruga y que, si en algún momento lo conseguían, de nada serviría porque sus vergas flotarían sin estímulo alguno en un vacío sólo semejante al espacio sideral.
Entonces añadí:
-Hay bastante trago, sí, pero ustedes me prometieron que también habría caramelitos...
Nos miramos y luego volvimos la vista hacia las putas que había, y al verlas concluimos que, en lugar de a dulces caramelitos, meternos con ellas nos sabría a aceite de pescado aderezado con raticida y que, en ese caso, habríamos de requerir condones revestidos de titanio o algo así por el estilo.
El mozo que atendía nuestra mesa parecía una especie de gorgojo gigante. Le hicimos una seña para que se nos acercara. Movió sus patitas y vino enseguida.
-¿Sí? -preguntó.
-Mira, compadre -dijo Ricardo-, queremos carne tierna, jugosa, y no viejas choclonas como ésas -y le señaló con la mirada el patrimonio arqueológico del lugar.
Gorgojo quedó en silencio, contemplándonos con ojos estúpidos.
-¿No me entiendes? -volvió a decir Ricardo, enseñándole un buen fajo de billetes por debajo de la mesa-. Queremos hablar con el encargado de este antro.
-¡Ah, ya! -exclamó Gorgojo, como de pronto iluminado-. Voy a avisarle a Madame Su.
“Madame Su”, já, qué divertido.
El tipo abrió una puerta lateral a la barra y salió por ahí. Pasados unos minutos regresó y tras él apareció Madame Su. La penumbra reinante en el lugar nos impedía observar con propiedad, pero se podía sacar en limpio que se trataba de una mujer joven, guapa y de porte elegante. A medida que se aproximaba a la mesa, reconocí en Madame Su a Susana, la célebre licuadora humana.
Sorprendido, y sinceramente emocionado, me levanté de un salto y le salí al paso:
-¡Susana! -le dije con una sonrisa idiota-. Hola, preciosa, qué sorpresa...
-Hola -dijo ella desde el ártico.
-¿Te acuerdas de mí?
-Cómo no recordarte, eres Gonzalo Fernández, el único que me ha rechazado.
-Cosas de niños, tú sabes. Te presento a mis amigos: éste es Cristiano; y él, Ricardo.
Ellos la miraban impávidos, sus ojos oscilaban entre ella y yo como no creyéndose del todo que un simple abogaducho y aspirante a escritor pudiese conocer una hembra de esa magnitud, y menos que pudiera haberla rechazado en el pasado.
Después de un rato recién la saludaron. Ella mandó a que trajeran otra botella de calientito.
-Interesante negocio éste -le dije-. ¿Te va bien?
-De maravilla, estos tipos sólo tienen cabeza para tomar y tirar; te llenas de plata si les ofreces las dos cosas en un solo lugar.
-Pero tus putas son más feas que el hambre, en la vida me tiraría algo así.
-No importa, esta gente le entra a todo; y cuando no tienen plata, se meten el polvo con cualquier animal de por ahí.
-Mierda -dijo Cristiano.
-Sí -dijo ella.
Nos dejamos de rodeos y le explicamos el motivo y el propósito de nuestro viaje, y nuestra infructuosa búsqueda de caramelitos. Ella dijo que, por mucho que buscáramos, en ningún lugar de la ciudad encontraríamos material de esa calidad pero que, tratándose de mí, ella misma se encargaría de hacernos pasar la mejor noche de nuestras vidas.
-Sigo siendo la licuadora humana -acotó.
Se nos iluminaron los ojos y agradecimos a Dios y todo ese rollo. Ricardo se inclinó hacia mí y me susurró al oído:
-Oye, huevón, eres un maestro; bien guardadita que te la tenías, ah.
Sonreí complacido, por fin era un ganador. Ella se puso de pie y nos dijo que la siguiéramos. Y eso hicimos. Atravesamos la puerta por donde había salido y anduvimos tras ella por un pasillo muy estrecho hasta que llegamos a una especie de patio de donde ascendía una escalera de caracol. Subimos por ahí y llegamos a la tercera planta. Cuando entramos fue como si hubiésemos ingresado a una dimensión paralela: a diferencia del infecto primer piso, éste era un cuarto amplio, acogedor y finamente decorado; estaba muy bien surtido de licores y una pantalla gigante transmitía un canal musical de cable. Al fondo había una salita, y en un sofá muy largo, estaba sugestivamente recostada una mujer muy guapa; sostenía con gracia una copa de vino y fumaba por una boquilla.
-¿Te acuerdas de ella? -me preguntó Susana.
-No jodas que...
-Sí -dijo-, es Lorena.
Carajo, qué buena estaba: había dejado atrás su delgadez y ahora exhibía oronda unas tetas y un culo de antología. Nos sentamos con ellas y conversamos largo rato. Contaron su historia: Susana era bisexual; y Lorena, lesbiana; ambas eran pareja, pero a Lorena le gustaba masturbarse mientras veía cómo Susana se lo hacía a distintos hombres. De pronto ya no sentimos frío.
Corrió mucho alcohol, del fino, y una cosa llevó a la otra y súbitamente nos encontramos con que estábamos a un lado confiando a la suerte los puestos de privilegio. Como siempre, quedé el último. Resignado, me prendí de una botella de pisco acholado y me puse a contemplar la escena mientras lo bebía del pico.
Ellos le propusieron hacer un trío; ella aceptó, pero sólo porque quería que yo me la soplara solito...
La escena era increíble: Lorena, con su cigarro en la boca y una copa en la mano, y desnuda y abierta de piernas, se masturbaba moviendo frenéticamente su dedo medio de un lado a otro al tiempo que observaba a Susana, ya de rodillas, practicarles una sublime mamada a mis amigos.
Yo no me lo podía creer, siempre había pensado que cosas así sólo se veían en las películas. Seguí bebiendo como loco, ansioso, esperando a que terminara de una vez con ellos. Pero no, la muy glotona se tomó su tiempo. Yo seguí empinando el codo, y tanto que de repente sentí que el muchacho desfallecía. No le di importancia al asunto y continué bebiendo. Al considerar ella que mis amigos ya estaban listos, les ordenó que la atacaran por los dos flancos. Entonces ellos, obedientes y salvajes, ensartaron sin piedad aquel cuerpo volátil, exuberante; y luego la embestidas, una tras de otra, una y otra vez... fulminantes, magníficas, brutales, llenas de odio, llenas de amor. Seguí castigándome con el pisco mientras ellos se retorcían como larvas hambrientas, gimiendo excitados y diciéndose frases como:
-Te mueves bien, perra.
O:
-Para ti nomás, papito.
Y:
-Cómetelo todo, zorra.
O la consabida:
-¡Qué grande tu cosota, papi!
Maldije mi mala suerte: cuando al fin fuera mi turno, Susana ya no llegaría a mí siendo la licuadora humana, sino una gran cavidad trajinada... ¿Qué se suponía que hiciera yo ahí dentro con mi pene tamaño promedio?
En fin, cuando ellos ya estaban por venirse, ella se arrodilló y lo recibió todo en su boca, tragándose entera aquella descendencia.
-¿Les gustó, chicos? -preguntó coqueta.
Bueno, había que reconocerlo, era realmente hábil para hablar con la boca llena.
Por fin era mi turno, pero sentí que las fuerzas me abandonaban: mis músculos se entumecieron y me invadió un sopor que terminó por doblegarme. Lo último que recuerdo es que vi a mis amigos felicitándose por aquel polvo magistral. Entonces me dormí... o desmayé, no sé; el caso es que tuve un sueño muy extraño: estaba en lo que parecía ser un dormitorio pintado enteramente de blanco, sin ventanas, ni puertas; y la ropa de cama era blanca también, así como el resto de enseres y muebles... salvo por una jarra y un vaso de metal que había en la mesa de noche. Era uno de esos sueños en los que uno está consciente de que se está soñando, incluso recuerdo que un tipo gritaba a cada rato con una voz horrible y gangosa: “¡Intravenoso, intravenoso!”
No sé cuánto tiempo pasé en ese estado, pero cuando finalmente volví en mí, vi a Susana y Lorena torteándose, frotándose una contra la otra, a media luz. Qué rico, me dije, y empecé a tomar notas mentales de sus técnicas linguales. Era un privilegiado, después de eso tendría el mundo en mis manos. En eso me vuelvo en busca de mis amigos y fue ahí que los vi: Cristiano y Ricardo yacían inertes en el suelo, con la hirsuta piel pegada a los huesos; grisáceos, como si además les hubiesen sorbido entera la masa muscular; sus ojos asomaban fuera de sus órbitas henchidos de pavor, como si en el último resto de vida se hubiesen percatado de la atrocidad de la que estaba siendo objeto.
Mierda, estaba en peligro: seguramente me habían creído muerto; pero si se daban cuenta de que no lo estaba, lo más probable era que yo fuese el siguiente. ¿En qué momento había pasado?, ¿y cómo y por qué? ¡Mis amigos, carajo! ¡MUERTOS! Quizá Susana le echara algo al trago, o tal vez su cuerpo fuera foco de las más terribles enfermedades venéreas. Pero no, eso no podía ser; ahí estaban las dos, torteándose de lo lindo... y parecían disfrutarlo mucho, las muy perras. Tenía que hacer algo por escapar... Así que extrañamente ecuánime, y sereno, aproveché el momento para descolgarme por una ventana. Caí de lleno en la copa de un árbol, y descendí con cuidado de rama en rama hasta que pude poner pie a tierra.
Me eché a correr.
Corrí hasta que mis piernas ya no dieron para más. Mi corazón latía violentamente, como si pretendiera salirse eyectado de su armazón de hueso y cartílago.
Lo hizo, logré asirlo momentos antes de que cayera al suelo.
Ahí estaba, entre mis dedos. Aún latía... furioso, desconcertado, cansado.
Y seguí corriendo.
La carrera por la vida.
Llegué al terminal terrestre en horas de la madrugada. Resoplaba, tal vez la gente me considerara un loco... o un fugitivo de la justicia, que para el caso es lo mismo. Tomé un bus de regreso a Lima, ya más tranquilo, a salvo. Malvadas hijas de mil putas, las denunciaría cuando llegara. Nos detuvimos en la carretera, en una garita de control policial a la salida de la ciudad; había otro autobús al lado nuestro, también se dirigía a Lima. Después de que el oficial me devolviera mi identificación, distinguí a Susana entre sus pasajeros... Y me miró: perra asquerosa, sus ojos parecían despedir un odio inenarrable, había una enorme cuota de malicia en ellos. ¿Qué quería? ¿Por qué me seguía? Definitivamente no era por mi pene tamaño promedio, ni tampoco por haberla rechazado en el pasado... ¿o sí? No, no era para tanto, tenía que haber algo más...
Empalidecí y me puse muy nervioso. Felizmente el policía estaba con un pie afuera, así que apenas hubo de retirar completamente su obeso culo de la escalinata, le grité al conductor:
-¡Oiga! ¡Déjese ya de rascar los huevos y parta de una vez!
El tipo me dirigió una mirada de si-pudiera-te-arrancaría-los-huevos-de-cuajo-y-te-metería-la-lengua-en-el-culo y masticó algo como “Concha’e tu madre” disimulándolo con un estornudo. Me mató otra vez con la mirada antes de que nos pusiéramos nuevamente en marcha.
Durante todo el trayecto estuve cagándome de miedo y casi me meo encima. Advertí que llegábamos a Lima cuando súbitamente pasamos de un clima soleado a un triste cielo nublado y empecé a estornudar y a sentirme enfermo, agripado. Lima siempre es igual: a la muy mierda no le basta con ser una puta por abrirse de piernas ante cualquier extranjero por el solo hecho de serlo, sino que a sus propios hijos, nosotros los limeños hijos de puta, nos condena además a revolcarnos en su inmundicia y a sufrir hasta lo insufrible sólo por respirar. A veces pienso que los hijos de esta puta no respiramos por la nariz como el resto de la población mundial, sino que lo hacemos mediante branquias situadas al interior de nuestras fosas nasales. Tal vez esta cerda debiera tratarnos mejor... ¿o acaso es así como debiera ser?
Desde que entramos en la ciudad tardamos casi dos horas en llegar al terminal del Estadio Nacional. Mierda, 2 horas, Susana no me encontraría jamás. Cuando salí de ahí decidí que, antes de ocultarme en mi mugroso cuchitril del jirón Azángaro, me tomaría unas cervezas en la bar preferido por mis amigos y brindaría con ellos, aunque lo más probable era que estuviesen ya en el infierno.
Demoré otra hora en llegar allí; eso me tranquilizó más, Susana nunca me encontraría en medio de tanta gente. Entré en el bar y me sentí desubicado, tenía tiempo sin ir a un sitio así: elegante, costoso, etc. Caminé hacia la barra y pedí una cerveza. Me atendieron rápidamente, era el único en el lugar. Apenado, hice un brindis con mis amigos en silencio y eché el primer trago. Cerré los ojos, los recordé. Pensé en la posibilidad de que le estuviesen midiendo el aceite a M. Monroe y sonreí, desconsolado y melancólico. Pero luego, al abrir los ojos, fui nuevamente presa del pánico: el lugar se había repletado de pronto, estaba rebosante... era una masa imbécil de gente imbécil, vestían todos como imbéciles y se comportaban asimismo como imbéciles, decían cosas de imbécil y la situación era tan imbécil que al final yo también terminé sintiéndome un poco imbécil... y tal vez lo fuera.
Tuve miedo, toda esa gente de improviso. Volvió a mi mente la imagen de M. Monroe con mis amigos: le quedaba un orificio libre con el que seguramente estaría presta a acoger mi miembro en el momento menos esperado. Me acordé de Susana, era demasiado extraño que el lugar se llenara así tan de repente. Empecé a tiritar, y me puse a buscarla con la mirada. Mi temor se acrecentaba conforme iba repasando las caras de esa sarta de imbéciles buscando la de Susana...
Entonces la vi, sentada a una mesa con un pobre tipo al otro lado del local. Dios, pensé, esta desgraciada no va a dejarme en paz... quiere matarme, de eso no hay duda. Pero, ¿cómo me había encontrado? ¿Y de dónde tanta gente y así tan de pronto? Era la Muerte, no había otra explicación, e iba tras de mí. En eso ella clavó sus ojos en los míos, mirándome entre maldita y perfecta mientras el tipo que estaba con ella le hablaba al oído como el imbécil que era. Consideré la posibilidad de advertirle a ese imbécil del peligro que corría, pero ahí mismo se me abrieron los ojos y lo vi todo con mayor claridad: era un señuelo, como toda esa gente, imbéciles emisarios de la Muerte. ¿Cómo luchar contra una puta sobrenatural si ya contra una normal se llevan las de perder?
Vi que también Lorena rondaba por ahí. Mierda, me tenían acorralado. Decidí escapar.
Perdí el control y empecé a repartir puñete y patada como loco. Como loco. Y como loco estaba estrellando la cabeza de un imbécil contra la pared cuando en eso veo a Lorena que va y se planta en la puerta de entrada. Yo siempre he pensado que las lesbianas, al no recibir su diaria ración de pene -revitalizador mental y anímico y bálsamo rejuvenecedor-, se avejentan y consumen más rápido; pero en ella, obscena y malévola, la regla parecía funcionar en sentido contrario. Tenía que hacer algo. Así que apenas hube de sentir cierta viscosidad en mis manos, solté la cabeza del imbécil, tomé vuelo y arremetí contra el bien más preciado de Lorena propinándole un soberbio puntapié digno de campeonato. Ella emitió un horroroso y desgarrador grito de dolor, y se dobló sujetándose la pelvis. Aproveché y me puse detrás de ella, rodeé su cuello con mis brazos y apreté y torcí...
¡CRAC!
Dejé de ejercer presión y lo que quedaba de ella se deslizó entre mis brazos y cayó; la gente gritaba, los imbéciles gritaban, la Muerte gritaba. Salí de allí desconcertado. Quise correr, pero al instante vi que un imbécil-emisario de la Muerte había salido detrás de mí e intentaba abrir la puerta de su auto. Me miró:
-¡Ya te cagaste, huevón! -me amenazó.
Fui hacia él y lo agarré de saco de boxeo:
1, 2.
1, 2.
1, 2.
Lo derribé; le había roto una ceja y tenía los pómulos hinchados y el tabique desviado, chorreaba sangre de su nariz. Cogí sus llaves y me metí en su auto. No sabía qué hacer con tanto botón, en la consola había una especie de pantalla de televisión y cosas así. Puse el motor en marcha, pisé el acelerador a fondo y salí disparado; era una buena pieza de mecánica italiana... o inglesa, no sé.
En tanto me iba alejando de la avenida Libertadores para ir a refugiarme en mi cuartito del centro de Lima, escuchaba cada vez más atroces las sirenas de las unidades de emergencia que acudían al lugar. O tal vez me estuviesen siguiendo ya... No podía fiarme de la policía, ni de los bomberos, ni de nadie; no dudarían un segundo en clavarme un puñal en la espalda y envolverme cual regalo para entregarme a la Muerte, en su versión más puta. Me pareció apropiado dejar el auto abandonado en algún sitio, así que ingresé a un estacionamiento de la avenida Iquitos y antes de salir de ahí fui al baño a mear la cerveza; al terminar me enfundé la capucha de mi casaca y comencé a andar.
Con mi rostro casi completamente oculto, caminé por toda la avenida Iquitos hasta que crucé Paseo de la República. Estaba en La Victoria, en la avenida México: vi ladrones, putas, mendigos, pirañas, adictos a la pasta; todos juntos, todos revueltos, y todos ellos emisarios de la Muerte. Yo los recelaba, los esquivaba, cauteloso. Tomé Manco Cápac y seguí andando: el mismo escenario, la misma fauna salvaje, la misma enfermedad, el mismo infierno.
Crucé la avenida Grau y enfilé Abancay. Por temor a que me despojasen de mis ideas y pensamientos, puse la mente en blanco; no pensaba en nada, no recordaba nada, ni a nadie. Cuando llegué al Parque Universitario sentí cómo mis extremidades caían subyugadas ante su propio peso, tullidas, convirtiéndose al final en algo así como inmensos e inútiles muñones.
A duras penas y casi a rastras logré llegar al jirón Azángaro y subir las escaleras de mi cuartucho. Esperaba encontrarlo todo revuelto e inmundo, como siempre; pero no, estaba limpio, vacío, blanco... como mi alma, como mi mente.
Apenas entré me desplomé en la cama; mis cosas habían desaparecido y estaba en la Blancura, exactamente igual a como me había pasado en Huaraz. Perdí la noción de todo; ni siquiera sentía remordimientos por no pensar en mis amigos, sólo ansiedad, una que me oprimía como cuando las paredes se te acercan y acercan y sientes que ya no puedes escapar.
En fin, sólo me quedaba esperar.
Así que esperé, hundido en el sopor, en la intolerable blancura de ese cuarto sin ventanas; oliendo la Muerte, sintiendo cómo llegaba, cómo se aproximaba perversa y maldita.
Aguardé, no sé por cuánto tiempo más, hasta que de pronto escuché gritar nuevamente al odioso tipo de la voz gangosa: “¡Intravenoso! ¡Intravenoso!” Me pareció que sus glándulas no producían suficiente testosterona... Bueno, acababa de pensar; algo estúpido, sí, pero al menos ya era algo. Y después otra vez: “¡INTRAVENOSO, CARAJO!”
Fue a partir de ahí que empecé a escuchar una seguidilla de explosiones que parecían prolongarse hasta el infinito y que aumentaban paulatinamente de intensidad. Al fin, recobré la conciencia: no estaba en la Blancura, tampoco en mi cuarto; en cambio, había mucha gente, mucha, un tumulto de gente... y hablaban y cuchicheaban, un murmullo infernal, interminable. Tenía un papel en la mano; lo leí. Decía:
DESTINO: MADRID
¡Era mi boleto de avión! Di un vistazo alrededor... estaba en el aeropuerto, ahora ya sabía de dónde provenían esas explosiones. En ese momento lo recordé todo: mis amigos, Huaraz, Susana... la Muerte. Mierda. La busqué con la mirada, no la veía. Intenté pasar desapercibido frente a toda esa gente, potenciales emisarios de la Muerte.
Por los altoparlantes una voz femenina anunció la salida de mi vuelo. Rogando porque no hubiese sido Susana, me dirigí raudo al espigón internacional. Sospeché del oficial de Migraciones; pero no, era imposible que perteneciera a un reino desconocido, su nacionalidad peruana estaba dibujada en él con profundos surcos en su cara y en su mirada trágica y desolada. El tipo revisó mi pasaporte con ojos de quiero-tirarme-un-pedo-e-irme-a-mi-casa y me dio pase libre a la sala de embarque. Fui allí, entré, me senté; vi las caras de la gente que esperaba, todas parecían ocultar algo. Sentí que me subía la temperatura y salí de ahí, fui a la cafetería y pedí un café. Esperé, fumé... casi media cajetilla.
Fue un vuelo tranquilo, sin sobresaltos. Durante meses no hubo ni rastros de la Muerte. Llegué a llevar una vida medianamente normal: conseguí trabajo en un almacén y por las noches iba de bares con mis compañeros en busca de caramelitos; otras veces me entraba la nostalgia y me iba a caminar solo, por el Retiro o por donde fuera... aunque evitaba hacerlo por la Gran Vía, siempre tan atestada de gente.
Pero una noche, caminando por la Plaza de Oriente, me encuentro con la Muerte, cara a cara. Estaba muy ligera de ropas y mostraba tanta carne que se me puso tiesa al instante. En eso me miró y, presa del pánico, escapé. La tenía tan dura que se me hacía difícil correr... Qué habrá pensado la gente, debe ser raro ver a un tipo por la calle rengueando así.
En fin, pasado un rato me encontré otra vez sumido en la Blancura.
A partir de ese momento los encuentros con la Muerte se fueron dando cada vez con mayor regularidad, y cuando esto sucedía, huía a otra ciudad con el poco dinero que había logrado ahorrar.
En ese plan llegué a París, donde las cosas se me dieron muy parecidas a como se me habían presentado en Madrid: viví en una pensión para inmigrantes sudamericanos en Le Quartier Latin, cerca de Saint Germain, y trabajé de mozo en un bar atendiendo a clochards, obreros, argelinos y demás faunos parisinos.
Y así durante un tiempo.
Una tarde estaba sentado en un café de la Place de la Contrescarpe cuando en eso veo que la Muerte se sienta a una mesa al lado de la mía con otro hombre que supuse también sería un señuelo.
Carajo, no había nada que hacer, el ciclo otra vez comenzaba...
Escapé, y otra vez la misma huevada.
En esas correrías llegué a Italia. Decidí hacer todo lo posible para que ella no me encontrara, por lo que conseguí trabajo como cuartelero de un hotelito-matadero y viví ahí mismo en un cuarto trasero. Sólo salía a la calle para comprar víveres y regresaba de inmediato. Era frustrante pasar las noches allí dentro y escuchar los gemidos de placer y los gritos de satisfacción provenientes de los cuartos contiguos, y yo ahí sin caramelitos; pero soportaba todo con tal de librarme de la Muerte.
Era imposible permanecer indiferente frente al bullicio que hacían las parejas en plena faena. Así que me masturbaba, me apuñalaba duro y parejo mientras escuchaba los gemidos y el rechinar de los muelles y el golpeteo de las camas contra las paredes. Tenía un físico envidiable, pero cuando me cansaba me ponía a ver televisión.
Una noche estaba viendo un programa de variedades. Habían anunciado la presentación de un hipnotizador que ejecutaría un acto nunca visto en el mundo, lo promocionaban con bombos y platillos. Yo estaba expectante, y todos en el estudio lo estaban también. De pronto hicieron ingresar a tres leones inmensos metidos dentro de una gran jaula que movían con rueditas, se veían muy fieros.
-¡No, pues! -me quejé-. ¿Tanta cosa por un domador de circo?
Entonces entró ella, Susana, vestida con un traje de domador. Bueno, era la Muerte, podía hacer lo que quisiese, ¿no?
No tuve miedo, ella no podría ejercer su poder a través de la televisión...
No reparé en qué consistía su acto hasta que se quitó el sombrero de copa, y luego el traje entero. Ahí estaba ella, peladita, mostrando sus generosas redondeces al mundo. ¡Qué delicia de cuerpo tenía! En fin, se echó de piernas abiertas en medio del estudio y pidió que abrieran la puerta de la jaula. Fenomenal, pensé, estos leones se la van a tragar completita. Se la comerían, por fin sería libre y podría retomar mis planes de ser escritor... además tendría bastante tema del que escribir.
Con un brazo mecánico abrieron la jaula y los leones salieron en tropel, rugiendo y atemorizando a todo el mundo; yo sonreía, confiado en que la despedazarían. Pero se amansaron y se alinearon en formación de cuña con el más grande, de larga melena, a la cabeza. La bestia se acercó a la Muerte y le colocó una pata a cada lado. Entonces la atravesó, furioso y vengador, gruñendo excitado; ella arqueó hacia atrás su espalda, por la cintura, y alzó sus brazos en magnífico temblor. ¿Le haría al bicho lo mismo que a mis amigos? Pensé en llamar a la sociedad protectora de animales; pero no, mejor no, me creerían loco.
Leones de mierda, me habían defraudado.
Empecé a masturbarme, ¿qué podía hacer si no? Deseé estar en el lugar del león para poder empalar a esa puta demoníaca, pero, en ese caso, lo más probable hubiese sido que ella lo prefiriera a él: el mío es un pene que a las justas alcanza el tamaño promedio, mientras que con el del león ella seguramente llenaba por fin su gran cavidad trajinada.
Repentinamente, en medio del éxtasis de ambos, le hicieron un primer plano y la muy hija de puta me miró a mí; sí, a mí, porque luego, ahí nomás, luego, me vi sumergido nuevamente en la Blancura...
Sería aburridísimo si contara paso a paso este nuevo enclaustramiento mental, sólo diré que, cuando desperté, estaba solo en un jardín grande y bien mantenido. No veía a la Muerte por ningún lado; pero no era sólo que no la viera, sino que tenía una sensación de alivio y bienestar que no podría describir con palabras...
Estaba muy tranquilo, llevaba años sin sentirme así. Quise averiguar dónde me encontraba, así que me acerqué a un grupo de personas que había por ahí: unos me sonrieron con todos sus dientes y se mostraron amistosos, otros me rehuyeron; unos reían y jugaban, otros miraban el piso ensimismados. Bueno, pensé, todos parecen tan estúpidos que dudo que sean emisarios de la Muerte. El caso es que estuve confundido, y mucho, hasta que uno de ellos, Pablo, me lo explicó todo mientras le metía lengua y mano a Natalia, su muñeca inflable: no a todos les son administrados potentes somníferos como es, por ejemplo, el Valium intravenoso; y aquellos a los que no, mejor que se vayan olvidando de ver el mundo tal como es. Y eso aunque Doctor Meléndez -dicho sea de paso, nunca había conocido a nadie que se llamara Doctor- con su permanentemente fruncido entrecejo y su voz gangosa, trate siempre de impedirlo. Lo que pasa es que Doctor Meléndez ya está resignado a que periódicas sesiones de tratamiento y un poco de mediación no harán la diferencia, no aliviarán su condición.
Mi caso es distinto, no es tan grave; y tengo a Pablo, con él puedo conversar... incluso me deja meterle mano a Natalia, y a veces hasta arrimarle el piano.
Qué rico. Sí...
PORQUE MIS OJOS ERAN NIÑOS
Y mi corazón
un botón
más
de
mi camisa de fuerza.
Poema del manicomio
Carlos Oquendo de Amat
*Aparecido en Versus, antología conjunta con Sebastián Endara.
EL ONANISTA ILUSTRADO
por: Fernando González Nohra
Recuerdo que ese día llegué al colegio como todos los demás chicos, extremadamente ansioso, excitado. Acabábamos de empezar la secundaria y aquel día nos tocaba la primera clase de un curso nuevo en la currícula escolar: Orientación Sexual.
Lo primero que hicimos al entrar en el salón de clases fue encontrar un sitio al fondo en el que pudiéramos meter todo el vicio que quisiéramos amparándonos en el anonimato que tan gentilmente otorgaba ese oscuro rincón del aula. Claro, lo que pasaba era que no había mucho que enseñarnos, nosotros ya sabíamos la mayor parte, al menos en teoría, por lo que estábamos muchísimo más interesados en el vicio que meteríamos apenas escucháramos palabras tales como “pene” y “vagina” -y que automáticamente degenerarían en las siempre inaceptables “pinga” y “chucha” y sus miles de sinónimos- que en prestar atención a las estupideces que seguramente diría el hermano Luque cuando intentara explicarnos los avatares del sexo a los más de cuarenta mocosos testosterónicos que componíamos el primero E.
Así que ahí estoy, con Ernesto sentado a mi lado y agarrando de punto al gordo Gensollen, arrojándole bolitas de papel ensalivado para ver cuántas de ellas se le pueden quedar pegadas con tanto lunar peludo que tiene en la cara, cuando en medio del bullicio generalizado por fin hace su ingreso el hermano Luque, que para que nos quedemos callados golpea la puerta al entrar poniendo tal cara que cualquiera que no lo conociera diría que el tipo es un comando antiterrorista o algo así, pero que a nosotros, que sabemos muy bien de sus falencias pedagógicas, no nos intimida ni un poquito... El problema en su interpretación radica básicamente en que, si bien tiene cara de no aguantarle pulgas ni a su madre, al mismo tiempo nos está demostrando, con su nunca tan pálido semblante, que está más nervioso que niña menstruando por vez primera.
Me imagino la conversación con el hermano director:
-¡Pero hermano, yo no sé ni papa de sexo!
-Claro que sabes. ¿O no eres hombre acaso?
Seguramente a Luque se le pasaría por la cabeza confesarle al hermano director que no le guardábamos ni el más mínimo respeto y que era un secreto a voces las dudas que teníamos sobre su virilidad, pero se lo pensó mejor y se dio cuenta que una confesión de esa índole le causaría problemas con la Congregación.
-Lo que pasa es que no me siento capacitado para impartirles ese tipo de enseñanza a los educandos -dijo al fin.
-¿Qué cosa...? -preguntó H.D., visiblemente extrañado.
-Sí, hermano, nunca he tenido relaciones sexuales.
-Yo tampoco, pero me imagino que tú también habrás de jalarte la tripa de vez en cuando...
-Bueno, sí, si no cómo... pero no pretenderá que les enseñe a hacer ese tipo de cosas, ¿no?
-No seas, pues hermanito, algunos de ellos hasta se pajean en plena clase.
-¿Sí?
-Por supuesto, ¿o te estás creyendo acaso que se tragan eso de que les salen pelos en la mano si se la corren?
-De todas maneras sigo pensando que no soy la persona adecuada. ¿Por qué no le pasa la voz al Gato? Estoy seguro que él lo haría mil veces mejor que yo, además es un tipo casado y con hijos...
-¿Te has vuelto loco o qué? Primero que nada, el Gato es profesor de matemáticas; y en segundo lugar, que no los quiero ver de parroquianos en los prostíbulos del centro o apareciendo en las páginas policiales de los periódicos... tenemos un prestigio que cuidar, ¿sabes? Y por último, la decisión está tomada, tú dictarás ese curso.
-Pero...
-¡Nada de “peros”! -gritó H.D. un tanto exaltado ya-. Si dices una palabra más te acuso de desacato ante el provincial y te expulsamos de la Congregación.
Puedo verlo saliendo cabizbajo de la oficina de H.D. muy preocupado por la tarea encomendada. ¿Qué les diría? ¿Qué puntos comprendería el sílabo del curso? ¿Podría enseñarles algo a sus alumnos? ¿Cómo contestaría a sus preguntas? ¿Con qué experiencias ejemplificaría algún dato en especial? ¡Se lo comerían vivo con zapatos y todo! No sabía qué hacer ni tampoco qué decir; él no se había metido de hermano para orientar sexualmente a los alumnos (¡aj, qué asco!), él enseñaba religión...
Restaban todavía varias semanas para que comenzara el año escolar, así que Luque decidió abocarse a sus tareas de religioso convencido de que en medio de la tranquilidad reinante en la casa provincial en algún momento se le ocurriría algo… Despertaba todas las mañanas antes del alba para internarse en la capilla y levantar allí la plegaria que repetiría un par de veces más en el transcurso del día y también antes de acostarse; el resto del día lo dividía entre jornadas de oración comunitaria y llevar víveres y suministros a alguna institución benéfica no incluida en el presupuesto estatal y ver por televisión junto con los demás hermanos los partidos amistosos que sostenían los equipos de primera división con otras escuadras venidas del extranjero antes de que empezara el campeonato descentralizado de fútbol. Pasaron así semanas, haciendo apuestas y pronosticando algunos hermanos que campeonaría Alianza Lima, otros tantos que sería la U y algún otro que aseguraba que sería Sporting Cristal; sólo Luque, como buen chalaco que era, apostaba por el Sport Boys... Los demás se reían de él, el Boys no ganaba el campeonato desde el 81 y no pensaban que ese año tuviese tampoco muchas posibilidades de ganarlo.
Ya que no tenía ningún adepto en lo que a sus preferencias futbolísticas se refería, se le dio por acometer con más ahínco sus tareas humanitarias. No le costó mucho decidirse por el lugar que ahora lo recibiría con mayor regularidad llevando su cargamento de ayuda y buenas intenciones: el leprosorio de Guía. Acudir al leprosorio casi a diario otorgaba cierto renombre al samaritano que emprendiera dicha tarea: el sanatorio quedaba en uno de los barrios más peligrosos de Lima y el hecho de que existiera la posibilidad siempre latente de contraer la lepra convertía al samaritano en un muy firme candidato a la santidad y a la vida eterna entre nubes y querubines y jefes casi siempre benevolentes.
En ésas estuvo por un tiempo hasta que un día, luego de despedirse del gobernador del leprosorio, un hombre carente casi totalmente de dedos y desprovisto sí de nariz (tenía tan sólo dos hoyuelos que secretaban no sé qué, yo mismo lo vi un par de veces), y mientras que a la propia puerta del lugar se restregaba febrilmente las manos con lejía antes de treparse a la camioneta de la Congregación, vislumbró algo que podría servirle tal vez de mucho en su curso: no había nada mejor que predicar con el ejemplo y con conocimiento de causa y efecto, pero, ¿cómo hacer aquello sin traicionar sus votos de castidad? La respuesta le llegó en forma de haz de luz salido del cielo apenas unos minutos después de haber arribado a la casa provincial, cuando le vinieron ganas de ventilar la vejiga en el solitario y casi olvidado baño del sótano del lugar... Acababa de encontrar el escondite perfecto para realizar sus estudios, más prácticos que teóricos, y empaparse del conocimiento que por su misma condición de religioso le había sido negado por años. Se vio así inmerso en una loca carrera masturbatoria con la idea de hacer suya cuanta técnica onanística pudiese humanamente desarrollar; de esa manera, pensaba, llegaría expedito y en condiciones inmejorables a su primera clase de Orientación Sexual con los engendros prostibularios del primero E.
Como todo buen autodidacta que se ufane de serlo, Luque decidió apoyarse con toda la ayuda mediática que tuviese a mano o que, en caso contrario, pudiera agenciarse sin mayor esfuerzo. Recurrió entonces a la fuente máxima del saber sexual, ubicada en el rincón más recóndito y prohibido del sótano de la casa provincial, lugar éste en que todos los hermanos, incluido él mismo, solían ocultar las revistas pornográficas que confiscaban a los alumnos que no se podía ubicar en los recreos sino encerrados en el baño sufriendo supuestamente un criminal cólico estomacal.
Terminó por apropiarse del baño del sótano con verdaderas ansias de conocimiento empírico, el tiempo se le acortaba cada vez más y tenía también que recuperar el que había perdido buscando redimirse con el Señor por aquello del pecado original. Los demás hermanos se preguntaban dónde era que Luque paraba metido todo el día, ya no se juntaba con ellos para ver las transmisiones de fútbol y sólo se dejaba ver en los pocos momentos de oración en comunidad o tres o cuatro veces al día a medio camino entre la capilla y la casa provincial; por su parte él, conforme transcurrían los días, fue adquiriendo cada vez mayor conocimiento en base a la experimentación física. Probó lo que muchas veces había escuchado de boca de algunos alumnos, como por ejemplo hacerle un hueco a una papaya, meterle dentro algún bicho volador, introducir por ahí la huaraca y zarandearla de arriba a bajo y viceversa hasta el final; así como también otras técnicas que él mismo elucubraba en momentos que creía de franca iluminación, como por ejemplo corrérsela con la mano ensalivada para no hacerse ninguna llaga.
Pasó poco más de semana y media en este plan, casi enclaustrado en el baño jalándose la tripa con una cantidad por poco e inconmensurable de revistas pornográficas, dentro de las cuales destacaban las publicaciones norteamericanas y unas pocas italianas y francesas que los alumnos apreciaban por considerarlas rarezas de colección y que cruzaran el charco en manos de un francesito que había venido el año pasado de intercambio escolar. Éstas eran muy ilustrativas y abrían todo un horizonte nuevo que la pornografía norteamericana, por ser tan clásica y esquematizada, impedía de ninguna manera vislumbrar. Debido a eso Luque hubo de clasificar y rotular todo su material didáctico, sobretodo para diferenciar las revistas norteamericanas y europeas, de calidad, de las peruanas que algunos alumnos compraban por ser merecedores de propinas por demás miserables; en sí, lo que no quería era que se le mezclara el material porque las revistas locales lograban, con sus sórdidas ilustraciones y su pésimo acabado, lo que en la vida real sólo logran las guerras desiguales y locos genocidas y ballenas en portaligas: que la gente pierda toda esperanza en la especie humana.
Pero hubo un día, sí, en que se dio cuenta que para acumular conocimiento no le bastaba con el que le otorgaba el material impreso, de modo que decidió a partir de ese momento darse sus escapadas y aparecerse de cuando en cuando en los cines de la avenida Brasil que por una muy módica suma proyectaban funciones continuadas del más duro porno de extramares y que tenían como agregado ofrecer los días martes y jueves un espectáculo de desnudismo con la posibilidad que una mujer de fantasía y piernas peludas de futbolista se fuera de boca por unas cuantas monedas más para así lograr un deslucido efecto de realidad virtual. Cuando se cansó de las películas del Broadway y del Brasil -las había visto todas, aún las que anunciaban como estrenos-, decidió acudir un fatídico día lunes de la semana anterior a que comenzara el año escolar al que antaño fuera la sala de teatro predilecta de la alta sociedad limeña: el cine Colón. Fue para él, religioso mimado de clase media alta, toda una travesía, casi un safari, ir al centro de Lima y más específicamente a la plaza San Martín: putas, timadores, travestis, pirañas, ladrones, mendigos por miles y carteristas por millones... todo el atraso moral y económico y social junto en un mismo lugar. De temer. De llorar. Pero aquello no fue lo peor, lo peor sobrevino a medida que se internaba en los lóbregos pasillos del otrora quinta esencia del teatro nacional, al sentir que la fetidez del olor a sexo macerado y nauseabundo de aquel antro por poco y le perforaba las paredes de los conductos nasales y amenazaba además con privarle para siempre del sentido olfativo; sin embargo se dijo que nada de eso obstaculizaría su labor, que nada de eso lo haría claudicar en su afán de alcanzar la excelencia educativa y magisterial.
Así que, en aras de una inmejorable labor educativa, hizo acopio de valor y fuerzas y avanzó hasta casi la primera hilera de asientos; pero cuando quiso sentarse, vio que primero tendría que limpiar la butaca de un sinfín de condones usados que sucesivos espectadores habían dejado allí para, tal como dedujo al no encontrar otra explicación, delimitar su territorio como los buenos animales que eran.
-Que Dios me perdone -masculló asqueado-, pero ni por todo el oro del mundo me quedo en este sitio de mierda.
Determinado a esfumarse de ese hoyo de las miserias humanas, caminó hacia la puerta de salida aguzando los sentidos para no tropezarse con alguien. En el trayecto le toquetearon el bulto un par de veces y alguien le metió un levante que hizo que su cuerpo se estremeciera al son de una electricidad de origen meramente hormonal y que casi logra arrancarle un suspiro de felicidad. Advirtió que estaba a punto de pecar, más, y retomó con renovados bríos su camino hacia la santidad. En el taxi de regreso terminó de convencerse que nada valía la pena exponerse de esa manera al pecado; además, ya había adquirido un cúmulo de conocimientos suficientes como para elaborar, si se diera el caso, los sílabos de Orientación Sexual 1, 2, 3, 4 y 5... un poco más y sería excederse, tal vez un pecado capital, como la gula.
Decidió dejarlo todo como estaba y preparar los sílabos de los otros cursos que también dictaba: Religión, Orientación para el Bienestar del Educando, etc., hasta que llegara el día del desembarco en Normandía.
El día finalmente llegó, muy a su pesar. Le asaltaron infinidad de dudas mientras andaba taciturno por los pasillos del colegio camino del primero E. Tal vez no conviniese transmitirles el conocimiento adquirido a sus alumnos, quizás fuera demasiado para ellos recibirlo así todo de sopetón, o tal vez no se tratara simplemente de la información adecuada. ¿Qué hacer? Lo mejor quizás sería recurrir a lo que le dictaba su experiencia vital, aunque, pensándoselo mejor, también podría servirle lo que siendo chico le había sido inculcado en su colegio del Callao, o, mejor aún, lo que en la Escuela Normal de la Congregación le habían aconsejado que dijera si, llegado el caso, tuviera en algún momento que dictar un curso de esa índole. Optó entonces, cuando le faltaban sólo unos pocos metros para arribar al cadalso del primero E, por una solución que supuso era la más salomónica: su curso consistiría en transmitir una información de naturaleza ecléctica basada en lo que le dictaba su experiencia vital y lo que le aconsejaran hacer en la Escuela Normal, además de lo que había aprendido apuñalándose con revistas pornográficas de todo tipo y acudiendo a las salas porno que tan asiduamente llegó a frecuentar.
A falta de un metro escuchó un desgarrador bufido de cuerdas vocales oprimidas por todos sus flancos por una desmesura de grasa y una casi inexistente cantidad de tejido muscular: “¡Te voy a acusar con mi padrino, ah!”
-Ya lo están jodiendo otra vez al gordo Gensollen -dijo-. Habrá que poner un poco de orden, pues.
-¡Te voy a acusar con mi padrino, ah! -dijo el gordo.
-Ja ja já -rió alguien.
-Fuera, chancho de mierda -dijo alguien más.
Entonces...
¡PLUM!
Entró Luque tirando un portazo tras de sí.
Mira la cara de asustado del hermano -me dice Ernesto-, con qué huevada nos irá a salir ahora.
-No sé -le digo-, espero nomás que con algo de este siglo.
Luque se acercó al pupitre y dejó allí su portafolios; luego cogió una tiza y en la pizarra dibujó algo parecido a la cabeza de una vaca cuyo autor parecía estar todavía en plena infancia. Entonces dijo:
-Bueno, muchachos, éstos son los ovarios de la mujer.
-No me venga, pues hermano -le increpó alguien-. Así no son, yo los he visto.
-¿Y qué cosa quieren, pues, si no hay láminas? Este curso es nuevo -argumentó.
En eso Ernesto me comunica que está a punto de soltar la bomba.
-Hermano, ¿por qué mejor no nos explica de frente cómo es una relación sexual? -preguntó, luego se volvió hacia mí y me miró sonriendo, con sorna; había soltado la bomba, ahora sólo era cuestión de esperar a que estallara.
Se hizo un silencio abrumador, espectral, sepulcral.
Tic tac; Luque sorprendido.
Tic tac; ahora petrificado…
Tic tac; el silencio aguijoneándole la vida.
Tic tac; sus ojos vidriosos.
Tic tac; mira el suelo ensimismado.
Tic tac; levanta la cabeza y dirige su mirada hacia nosotros…
Tic tac; todos lo observamos expectantes.
Tic tac; alza la mirada buscando al Señor como implorando por un poco de misericordia.
Tic tac; en las postrimerías del siglo XX, en pleno imperio del sida, la bomba estalla, y estalla así:
-Muchachos -empezó a decir, con la mente en blanco y recurriendo únicamente a lo que le dijera su casi beata madre el día que alcanzó la mayoría de edad-, la cosa es muy simple: una relación sexual se da solamente cuando un hombre y una mujer se aman tanto y tan profundamente, que quieren estar cada vez más juntos y, si se puede, unir sus cuerpos en uno solo.
«Ejem -prosiguió-, ejem... Bueno, sí, como estaba diciendo, se aman tanto y quieren estar tan juntos, que deciden abrazarse. Entonces, como quieren estar tan juntos y se abrazan tanto y tan fuertemente, llega un momento en que lo que los hombres tenemos ahí abajo y las mujeres no, y que se llama “pene”, estorba de tal manera que hay que meterlo en algún sitio... para estar más pegaditos, ¿entienden? Y como la cosa de la mujer está ahí nomás... lo meten por allí y así es una relación sexual. Sí...
Justo en ese momento suena la campana anunciando el cambio de hora y Luque aprovecha y sale casi corriendo del salón dejando a algunos, entre ellos el gordo Gensollen, con el brazo levantado llenos de dudas.
-Éste es un huevón -le digo a Ernesto.
-Sí, carajo -me dice él-, no sé cómo nos pueden mandar a un cojudo así.
Entonces, entre risotadas y el repudio generalizado al hermano Luque, y antes de que apareciera el Gato para dictar su clase de matemáticas, emerge como una tromba de la masa estudiantil J.C. Ramírez y se ubica al frente de la clase. Ramírez era algo mayor que los demás, había repetido de año tres veces y creado en torno a él una pequeña leyenda urbana; incluso se decía que tenía entre dos y cuatro hijos, dependiendo de la fuente que se consultara. Se le respetaba. Se le admiraba. Su palabra era ley. Esperó a que el último se callara y por fin habló:
-¡Escúchenme, carajo! -dijo con firmeza-. Todo lo que nos ha dicho el hermano son puras huevadas; lo único que yo puedo aconsejarles, para los que no lo sepan, es que si no quieren tener el sida tienen que lavarse la pichula con agua y sal después de cachar, así no se contagiarán.
-¡Buena voz, gracias por el dato! -gritó alguien.
-¡Ya lo sabía! -chilló otro.
Lo aplaudieron, con estruendo; Ramírez sonreía, la sabiduría que otorga la experiencia. Ernesto y yo nos miramos desconcertados, el tipo era más bruto de lo que pensábamos.
Y Luque, claro, más todo el resto de cojudos.
¿No habría sido mejor desde un principio decirnos las cosas tal como eran?
Puta madre, ¿y qué otra mierda nos iría a contar el Gato?
MUERTE EN EL ESPEJO
por: Fernando González Nohra
La memoria de la dicha pasada es la pena de hoy, o los tormentos del presente tienen su origen en lo que pudo haber sido.
Berenice
Edgar Allan Poe
Limpié el vaho del espejo y, al verme en él, me espanté: el cabello muy corto, unas franjas de pelo rasurado aparecían informes a ambos lados de mi cráneo; mis ojos, deformes y negros y malévolos, miraban en direcciones distintas y no terminaban por ponerse de acuerdo. Logré reconocer algunos rasgos de mi antigua mirada en esas dos mazmorras donde cundía la maldad. No era yo el de la imagen pero sí lo era: un rostro irresuelto, un espectro; durante toda mi vida no había sido más que un lobo disfrazado de cordero. Sentí asco de mí. Me odié. Mi cara se transfiguró en una mueca de dolor y mis cuerdas vocales estallaron en un interminable grito de horror.
Horror.
Temor.
Desesperación.
Resignación.
Un ser patético y vil.
Un monstruo.
Miles de imágenes surcaron mi mente dejándola desolada. Recuerdos de mi vida, de mi familia, de mi amor y de mi alma asomaban por las rendijas de mi memoria al tiempo que se alejaban para siempre... Parecía incapaz de retenerlos.
Seguía gritando.
No terminaban nunca...
Chillidos horripilantes, bramidos espantosos.
Traté de encontrar una palabra en la marea de mi sangre y en el discurrir de mis recuerdos y en el dolor de la carne, pero no encontré nada.
Solamente gritos.
Y bufidos.
Añoradas imágenes recuperadas del olvido, se me escabullían sin un ápice de compasión por mi sufrimiento y por la desdicha de perderlas para siempre.
Más alaridos.
Clamaba porque me reconocía sin reconocerme; una sensación aterradora, una visión apocalíptica.
Gritos.
Gritos... sollozos.
Más y más gritos.
Más.
De pronto me encontré en posición fetal, en plena oscuridad. Todo había desaparecido. Me llevé las manos al rostro: la nariz prominente, las cejas pobladas... ¿en qué me había convertido? Desesperado, me levanté y corrí; pero enseguida caí, había tropezado con algo...
O con ella.
Aunque técnicamente ya no lo fuera.
Sólo carne muerta…
Fofa, demasiada; tendría que deshacerme de ella.
Me incorporé y llegué al baño, resollando. Encendí la luz y analicé mi reflejo: ahí estaba yo, cómo no, la muerte en el espejo.
*Aparecido en Versus, antología conjunta con Sebastián Endara.
TESTIMONIAL ATROZ
por: Fernando González Nohra
Aquel repulsivo ser lo recibió. Después de observar muy detenidamente las laceraciones que cubrían casi por completo ese remedo de cuerpo, lo miró fijamente a los ojos. Entonces masculló:
-Bienvenido.
-Guárdate el sarcasmo, flaquito -repuso el Rata-. Este sitio no parece tan malo.
-¡Iluso! -gritó aquello, y resollando, agregó-: Dudo mucho que aquí la pases bien.
-Eso es lo que tú crees, se nota que no has ido a la Floral.
-Si tú lo dices…
-En fin, dame una botella de pisco, del más fuerte y barato que tengas. Y si no hay, no importa... siquiera tendrás un poco de veneno para ratas. Me lo diluyes en agua, por favor.
“ASESINAN VIDENTE PERUANO EN ARGENTINA, ésa no la adivinó”, leyó el Rata en uno de los tantos periódicos chicha en los que se enfundara para pasar la noche. No se rió, apenas si logró esbozar una casi imperceptible sonrisa, de esas que la gente suelta cuando piensa que ya no hay nada que hacer con la prensa nacional. Con su temblorosa mano, luego de abrirse paso por esa insondable maraña de tinta pegoteada y papel arrugado, alcanzó su bolsillo derecho. Extrajo de él el cigarro que lo apartaría, al menos por unos momentos, de la inclemente tristeza de la que era presa desde hacía ya tiempo. Se llevó el pucho a la boca; sus labios, palpitantes, lograron aprisionarlo a duras penas. Un rápido vistazo al terreno baldío y a las almas desvaídas que en él moraban lo devolvió a la realidad: por más que tenía bastante pasta, y periódicos con que cobijarse, su vida era un infierno... ya no podía hacer frente al abatimiento.
Terminado un muy arduo día de trabajo en la oficina sólo quería tomar a raudales y divertirse un rato, por lo que acudió a una discoteca cercana a su casa. Ya en el lugar divisó, a sólo unos pasos, a una mujer ya mayor, de aspecto peligrosamente sensual. Se quedó mirándola impávido hasta que sintió cómo el cigarro que fumaba le desgarraba el labio, se lo había quemado. Se dirigió al baño a mirarse en el espejo, felizmente no había sido nada. La mujer lo esperaba en la puerta, ella también lo había estado observando; su abultado escote parecía querer estallar y se veía que usaba un portaligas. Raúl no dudó un segundo en hablarle y le invitó un escocés; él se tomaría otro, pero doble y sin hielo. Pasados unos minutos, amasó los enormes pechos de la mujer; ella lo miró excitada y lo besó furtivamente en la oreja. Con una suplicante voz de puta de alto vuelo, le dijo: “Vamos a mi casa, papito”, mientras, le masajeaba la verga con vehemencia.
Salieron del local con la lascivia en evidente efervescencia. Tambaleándose de beso en beso se dirigieron al estacionamiento donde Talía, que así se llamaba la mujer, tenía estacionado su auto. “Es el Mercedes”, dijo orgullosa, parecía estremecerse con la sola pronunciación y posterior melodía de sus palabras.
Llegaron a su edificio en el Golf, uno de esos que sólo puede habitar el dos por ciento de la población peruana.
Ya en el ascensor Talía lo había desnudado casi por completo, le practicaba una mamada fenomenal, de esas que ameritaban sus muchos años de experiencia en las artes amatorias.
Llegaron al penthouse. Cuando por fin ella logró, no sin esfuerzo, despojarse de sus ropas, él observó, atónito, cómo el sostén de encaje y el portaligas que ella llevaba parecían hacer hasta lo imposible por evitar el desborde de mofles y tejido celulítico de ese cuerpo azotado por las estrías y los años.
La vista que se tenía desde ese piso diecisiete era espectacular. Raúl se preguntaba apenado por qué razón el cielo de Lima se le presentaba anaranjado y totalmente desprovisto de estrellas. ¿Premonición? No, siempre había sido igual. Ella le sirvió un escocés. Él estaba feliz, toda su vida había pensado que pasarían mucho años antes de tomar su primer vaso de etiqueta azul... lo paladeó y se resignó ante la idea de intercambiar fluidos con Talía, matizó ese sentimiento pensando que a la tía podría sacarle fácilmente un carrito si se la trabajaba bien. Imaginó que era Mónica, la chica de la oficina que le gustaba, y decidió caer subyugado y sin contemplaciones ante ese cuerpo ya muy entrado en carnes; entretanto, ella se encontraba nuevamente concentrada en prodigarle con su boca todos los mimos posibles a su no muy ansioso mazo. “Golo golo añejo”, pensó él, sonrió; ella creyó que lo estaba disfrutando.
Habían prendido el jacuzzi de la terraza y fue ahí donde empezó la batahola. “Si fuera Mónica y no esta vieja gorda, no querría que esta noche terminase nunca”, caviló Raúl, pero más podía el Mustang rojo y convertible con el que ya se veía saliendo de la discoteca de moda con la chica más guapa de Lima: Mónica, según él, la adoraba; pero ella solamente salía con BMW´s, Jaguar´s o Range Rover´s... En cambio él, se movilizaba en micros y, cuando la situación lo exigía, en taxis.
Después de los preámbulos reglamentarios, ella lo llevó al dormitorio. Afiches de Andy Warhol colgaban de las paredes pintadas de colores chirriantes, de puta. Apartó el edredón de puta con sus manitas también de puta. Se echó de espaldas... “Métemela”, le ordenó con su voz de puta. Suspiró y gimió, igual que una puta, y abrió sus piernas como la más grande de todas las putas, acariciaba su clítoris con un movimiento frenético y sostenido de su dedo medio. “Y trátame como a una puta”, agregó.
-Eso no será problema, perra de mierda -espetó él. ¿Amenguaría así su descontento?
-Sí, mmmmmmmmmmm -replicó ella, la EME más larga jamás pronunciada.
La puso a cuatro patas. “Espérame, putita mía”, le dijo, dizque cariñosamente. Se estiró para sacar de sus vaqueros el preservativo que llevaba siempre en su billetera, tenía la costumbre de cargar con uno desde que iba al colegio de curas donde pasó parte de su pubertad y toda su adolescencia. “El hermano Federico se moriría si llegara a enterarse”, se dijo mientras trataba, con mucho trabajo, de colocarse el condón.
Vio que Talía aún no se había quitado los zapatos negros de tacón alto que llevaba, y que eran de puta, para no variar. “Como en la tele”, pensó.
-Sujétate bien, puta de mierda. Te voy a partir en dos... ¿Quién eres tú? -le preguntó, imperativamente.
-Tu putita -contestó ella entre gemiditos, otra vez de puta.
Raúl se arrodilló detrás de ella para introducirle su pene resignado. La penetró con fuerza llevando su cabeza hacia atrás jalándola de los pelos. Ella vibraba al sentir cómo aquel miembro la embestía demencialmente y casi le rasgaba la piel por dentro. Estaba fascinada: en su cara se dibujaba, con arrugas y una ardorosa coloración roja, el inmenso placer que experimentaba. Se le habían volteado los ojos cuando él se imaginó a Linda Blair en El exorcista gritando: “Fuck me, Jesus, fuck me!” Cerró los ojos y pensó en Mónica, se odió.
La interminable demostración de sus aptitudes histriónicas, desconocidas para él mismo, terminó cuando con voz desencajada le dijo “Me vengo, me vengo” y fue presa de un muy bien calculado episodio espasmódico; en realidad, no llegó a ningún lado, había fingido el orgasmo.
Se incorporó y fue al baño a quitarse el preservativo, mudo testigo del pecado. Horrorizado, vio que del condón sólo quedaba el anillo, se había roto.
-Conch’e su madre -dijo-, me cagué.
-¿Dijiste algo, precioso? -preguntó ella desde el cuarto.
-No, nada, estoy disfrutando del momento -contestó él, mintió.
Le restó importancia al profiláctico mutilado por la fricción. Emprendió presuroso el camino a su casa. “No, no creo que me haya... no”, se repetía, quería creerlo. Sacó su billetera, por la ventana del taxi arrojó el condón que le quedaba y juró ser célibe hasta el matrimonio; se deshizo también del teléfono de la tía... no la necesitaba, él mismo se compraría el Mustang con su plata, cuando la tuviera.
Pasaron unos meses y postuló a un trabajo en una importante compañía. Lo aceptaron, sólo tenía que pasar, como única e ineludible condición, un examen médico obligatorio. Lo reprobó, era portador del VIH, el infame bicho de las cuatro letras. Lívido, lloró de manera incontenible, odió a Talía.
Fue a buscarla para avisarle. Apenas se había abierto la puerta del elevador cuando le contó su tragedia. “Ya lo sabía, hace cinco años que lo tengo”, confesó ella, sonreía. “Y llámame Silvia, que Talía es mi nombre de batalla”, añadió.
Furibundo, la golpeó varias veces en el vientre con el puño cerrado. Vio que el jacuzzi estaba encendido y le atizó un fuerte golpe que le cruzó el rostro, lanzándola violentamente a la bañera. En el febril estado de descontrol en que se encontraba, logró atisbar por el rabillo del ojo el inmenso adminículo con el que Talía (¿o Silvia?, ya no importa) pensaba apaciguar sus ansias sexuales; lo enchufó y, blandiéndolo amenazadoramente de un lado a otro, le dijo: “Con esta mierda te mueres, perra chuch’e tu madre.” Furioso, arrojó el consolador al agua; ella empezó a sufrir un ataque epiléptico, o al menos eso parecía: se mordía la lengua, convulsionaba; su Monte de Venus humeaba, apestaba… había muerto.
Todos esos años de estudios, aquella excelencia académica: un esfuerzo infructuoso; sus deseos de ser escritor, los talleres libres que había llevado para conseguirlo: todo, TODO había sido en vano. En la cocina se hizo de un cuchillo de carnicero, fue a la terraza y lo hundió en el cuerpo ya inerte de Silvia; después de destriparla garabateó con su sangre, en el vestíbulo, la siguiente advertencia:
ASÍ MUEREN LAS PUTAS
Salió del edificio como alma que lleva el diablo. En su casa dejó una nota de despedida, en la que decía que se iba a suicidar; así les ahorraría las penas a sus padres y amigos, y el regocijo a sus enemigos.
Decidió abandonarse por completo y fue a la Floral, pero pronto advirtió que ya no era ni la sombra de lo que cantaba Andrés Dulude. Durante varios meses estuvo vegetando y robando entre Piñonate y Yerbateros, hasta que recaló en Renovación, donde terminó por asentarse a punta de verduguillos y violencia desmedida. Llegó a hacerse de un nombre entre sus compinches: el Rata.
Y ahí estaba él: entre amantes de la pasta, en ese bosque de huesos, de almas inanimadas, de cuerpos catalépticos. Recostado en un desmonte en posición fetal, y tiritando de frío debajo de ese montón de periódicos arrugados, recordó a Julio Ramón Ribeyro: “Yo hubiera sido un gran escritor… como tú, flaco; allá voy, espérame, donde quiera que estés.” Escuchó a Jim Morrison: “This is the end, beautiful friend; this is the end, my only friend, the end.” Le dio una última pitada a su cigarro cargado de pasta, para darse ánimos. Cogió el revólver que le arranchara a un policía esa misma noche y, sin dudarlo siquiera, se lo introdujo en la boca y se disparó; total, el infierno debía de ser un paraíso si se le comparaba con el hueco fusco y profundo en que se encontraba.
Sintió miedo, todo era penumbras. Atravesó una especie de callejón oscuro donde infinidad de magullados brazos pugnaban por alcanzarlo. Escuchó que alguien decía “Dimi, Dimi” con la introducción de Carmina Burana como música de fondo. De repente sus pies lograron estabilizarse. “Esto debe ser”, musitó; sí, ése, era el lugar.
-En fin, dame una botella de pisco, del más fuerte y barato que tengas. Y si no hay, no importa... siquiera tendrás un poco de veneno para ratas. Me lo diluyes en agua, por favor.
El diablo lo miró de arriba a abajo y alzó los brazos extendiéndolos por todo lo alto. En ese momento se empezó a escuchar una melodía; eran los Stones, Jagger cantaba Sympathy for the devil. Al Rata le agradó la escena; el diablo lo palmoteó en el hombro.
-Mira, chocherita -le dijo-, tienes buena pasta, pero el infierno no parece ser lo suficientemente tétrico ni doloroso como para castigarte dejándote acá. Lo que voy a hacer es devolverte a la vida, a Lima, tu verdadero infierno; pasarás ahí unos cuantos años y, si al cabo de ese tiempo has hecho un buen trabajo enviándome los desperdicios humanos, te convierto en mi ayudante, en un demonio de altas esferas... Si quieres puedes averiguarlo con Talía, o Silvia, o como mierda se llame esa zorra, que no ha parado de mamar mi diabólica verga bicéfala desde que me la devolviste hace dos años -concluyó.
-Concha su madre -se lamentó el Rata, el diablo había resultado peruano.
*Aparecido en Cuentos de uno y otro lado (de la frontera) Antología de escritores peruanos y ecuatorianos junto a textos de Eduardo González Viaña, Isaac Goldember, Óscar Colchado y etc.
Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más.
Quería tomar algo y fui al Antro Azul. No era que el sitio se llamara exactamente de esa manera; es más, que yo recuerde no tenía ningún nombre, pero era de verdad un antro a las justas iluminado por una pastosa y mortecina luz azul que se desparramaba por las paredes, oprimiéndole a uno el alma y tiñéndolo todo de color muerte. Así que normal, pues, el Antro Azul... Estar ahí sentado hacía que uno se sintiera desgraciado, desequilibrado o al borde de la locura, pero la cerveza era barata y no le añadían agua... aunque los bocaditos de queso no supieran a queso ni a nada semejante. Como siempre, el lugar parecía desolado, salvo por un viejo escandaloso situado al final de la barra que a gritos me conminó a que le comprara una cerveza. Estaba por decirle que se la comprara su vieja cuando en esa añeja y en apariencia bombardeada cara reconocí a Charles Bukowski, el viejo indecente. No tenía para pagar otra, pero aún así, ni huevón, le acerqué mi cerveza y aproveché para pedirle una entrevista; el bueno de Hank me miró con ojos severos y pidió por ella 500 dólares.
F.G.: Lo siento, esto es lo único que puedo darte.
C.B.: Es una pena, por 500 dólares soy capaz de convertir a Burt Reynolds en lesbiana. Pero estoy aburrido, así que a ver si dejas de mirarme tanto y empiezas de una vez.
Es que tienes una cara especial , como si hubieses llegado al final de algo.
Yo creo más bien que es una cara parida a golpes, tuve granos como forúnculos. Además, en 1989 superé una tuberculosis.
Eres un tipo duro, siempre lo has sido.
Sí, soy el mito. El incorruptible, el único que no se ha vendido. Mis cartas se subastan en el Este por 200 dólares. Y yo no puedo comprarme una bolsa de pedos. ¿Qué dices de eso?
Que no me sorprende. Bueno, para comenzar, hay gente que encuentra en tu literatura cierto parecido con la de Hemingway. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
Que están equivocados: el tipo sabía escribir, pero no sabía reírse.
Ya que descartamos a Hemingway, ¿cuáles consideras que fueron tus influencias?
Al principio, Céline y Knut Hamsun... hasta que conocí a John Fante, el único al que he podido besarle el culo. Luego me gustó Camus, pero cuando empezó a hacer discursos en las academias, murió su fuerza de escritor. No fue un accidente de automóvil lo que lo mató, no. Por eso ahora mi principal influencia soy yo mismo.
Entre tus libros de cuentos, novelas y poemas, se ve que tuviste una producción dilatada. ¿Qué es lo que quisiste decir con tu obra, qué buscabas con ella?
Nada, mi obra no tiene un significado especial que yo sepa. Yo no buscaba justicia ni lógica. Nunca lo he hecho. Quizás por eso nunca escribí cosas de protesta social. Para mí, la estructura entera carecería siempre de sentido, al margen de lo que hicieran con ella. Realmente no puedes sacar nada bueno de algo que no está ahí.
¿Qué piensas entonces que es lo más importante que ha dejado tu escritura?
He recibido muchas cartas de gente que afirma que mi escritura le ha salvado el pellejo. Pero yo no la escribí para eso, la escribí para salvar mi propio pellejo. Eso es lo primero que debe hacer la escritura. Si lo hace, entonces será automáticamente jugosa, entretenida.
Leyéndote se puede sacar claramente en limpio de que disfrutabas escribiendo tu obra, que gozabas con ella. ¿Esto la hace buena?
Sólo existe un juez definitivo de la escritura, y es el escritor. Puedo asegurar que aunque el dolor no crea la escritura sino que la crea el escritor, cuanto más viejo es un escritor, mejor debería escribir; ha visto más, sufrido más, perdido más, está más cerca de la muerte. Esta última es la mayor ventaja.
Ya que tocamos el tema: el suicidio, tanto como el dolor y la muerte, ha sido siempre un tema recurrente en tus textos. ¿A qué obedece esta tendencia?
Hay algo en mí que no puedo controlar. No puedo cruzar un puente con el coche sin pensar en el suicidio. Nunca puedo contemplar un lago o un océano sin pensar en el suicidio. Bueno, tampoco le doy demasiadas vueltas. Pero se me aparece de repente en la cabeza: SUICIDIO. En cambio la muerte tenía muy poco significado para mí. Era la última broma de una serie de bromas pesadas.
Muchos de tus detractores se centran en el hecho de que redundaras tanto en el fracaso y en la temática del perdedor como figura y lev motiv de tu obra.
Es que el conocimiento es, si no se aplica, peor que la ignorancia. Yo no era un hombre que pensara, yo me movía por lo que sentía y mis sentimientos se dirigían a los lisiados, a los torturados, a los condenados y a los perdidos, no por compasión sino por camaradería, porque yo era uno de ellos, y también trabajé por sueldos de miseria mientras un pez gordo violaba vírgenes de catorce años en Beverly Hills. Como ellos, yo estaba perdido, confuso, era indecente, miserable, miedoso y cobarde; injusto, y amigable sólo a ráfagas, y aunque estuviera jodido, sabía que eso no me ayudaba, no me curaba, sólo reafirmaba mis sentimientos.
En consecuencia no te consideras un intelectual
En absoluto. Un intelectual es un hombre que dice una cosa simple de un modo complicado; un artista es un hombre que dice una cosa complicada de un modo simple. Yo me considero un artista. Aunque lo soy muy raras veces. La mayor parte del tiempo no soy nada.
Sólo un loco más, ¿no?
Puede que sí, a veces la locura se hace tan real que deja de serlo.
Por eso los bares, el hipódromo...
Ante la sola mención de estos lugares, Hank se sumió en el silencio, en lo que parecía ser el abismo insondable de su memoria. Con los ojos súbitamente anegados, encendió un cigarro y me confió:
Cada hombre está clavado en su cruz especial. Y el momento de buscar trabajo atravesaba con pedos y eructos mi loco horizonte. Iba a los hipódromos para intentar escapar de la fábrica, de la oficina de correos de los Estados Unidos. Iba allí buscando una oportunidad en la vida.
Después de que se te brindara, ¿has seguido siendo un asiduo a las carreras?
He intentado alejarme del hipódromo, pero me pongo muy nervioso y me deprimo, y esa noche no tengo savia que infundir a la máquina de escribir. La humanidad hiede, y supongo que sacar mi culo de aquí me obliga a mirar a la Humanidad. Es sencillamente demasiado, un continuo espectáculo de los horrores. Me aterroriza. Pero también soy, hasta ahora, una especie de estudioso. Un estudioso del infierno.
El infierno de la cotidianeidad, ¿cierto?
Levanté la vista esperando su respuesta, pero Bukowski ya no estaba. Se había largado, y sin siquiera despedirse o agradecerme por la cerveza. Me dirigí al tipo de detrás de la barra y le pregunté si es que acaso había visto qué dirección tomaba el viejo en su salida. Dijo que no, por supuesto, que estaba loco, que me había pasado todo el rato hablando solo. Cosa mala, la verdad, muy mala... sobretodo porque no recordaba haberme bebido esa cerveza...
* Textos de las respuestas tomados de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, Shakespeare nunca lo hizo, Se busca una mujer, La máquina de follar, Música de cañerías y Escritos de un viejo indecente.
Siempre he pensado que el suicidio es incongruente con la elección de la escritura como forma de vida, da igual que sea la persona quien elija a la literatura o sea ésta la que decida a quién le cae encima. Sea como fuere, hay que tenerlos bien puestos, no sólo para empezar -es lo de menos- sino para aguantar. Es decir, si le ha picado a uno el bichito, no queda otra que tirar para adelante. Un escritor no se suicida así porque sí, se suicida por alguna razón que anida en su propia condición, como Hemingway y el cañón de la escopeta dentro de su boca.
John Kennedy Toole no aguantó. Se suicidó a la primera, supuestamente porque no conseguía que lo publicaran. Tuve un compañero de trabajo que había sido periodista de campo en un diario de México: ahora está de vuelta en España, lleva escritas tres novelas y a pesar de ello aún continúa inédito… sin embargo sigue intentándolo.
Conforme leía La conjura de los necios tuve la certeza de que Ignatius y su dulce y sobre-protectora madre tenían una relación bastante especial, por decir lo menos… tal vez un poco enfermiza, e incluso destructiva. Este dato no tendría ninguna relevancia si no fuera por el hecho de que es inevitable que un escritor vuelque al menos una parte de su propia carga emocional en la obra de la cual es creador. Así, a mi entender, Ignatius J. Really no es sino una grotesca y fofa caricatura del mismo John Kennedy Toole; entonces, la madre de Ignatius, a la que éste considera la fuente de sus desgracias y de su infortunio, ¿es acaso un fiel reflejo de la progenitora de Toole?, ¿de aquella abnegada madre que años después de la muerte de su hijo, a punta de insistir, lograra la publicación de la novela por la que éste había decidido quitarse la vida?
Decidí investigar y averigüé que, como Ignatius a sus treinta y tantos, el autor todavía vivía con su madre cuando con 32 años manejó su carro hasta otro estado sólo para matarse; al igual que la madre de I., la señora Toole era sobre-protectora, anticuada y acaparadora, y la relación que mantuvo con su hijo fue siempre desproporcionada, en muchos aspectos. Me enteré, entre otras cosas, de la inclinación y el gusto de Toole por los hombres, factor que hubiese sido determinante en la relación con su madre si ésta hubiera llegado a enterarse de las preferencias sexuales de su querido hijo. Probablemente el autor tuviera miedo de la reacción que ella hubiese podido tener o de las consecuencias que habría traído confesarle tamaña cuestión, recordemos que eran otros tiempos y ni siquiera había hecho su aparición la música disco.
Parece que para ser un escritor reconocido, siendo de Lousiana, hace falta necesariamente ser homosexual.
Ahí tenemos a Truman Capote.
También a Tennessee Williams.
Ahora a John Kennedy Toole.
Y a...
El tipo éste se pasó un par de años escribiendo una novela. Y después de eso todavía algunos más corrigiéndola. Es lo normal, supongo. El hecho es que John Kennedy Toole no era cualquier hijo de vecino sino todo un profesor de literatura, cosa que de algún modo le confería un aura especial. Cuando por fin terminó su ladrillo, La conjura de los necios, el autor empezó un largo peregrinaje que lo llevaría a presentar su original en un sinfín de editoriales. Como es lo usual, y al contrario de lo que él creía que pasaría, los rechazos no tardarían en llegar. Tampoco los portazos en la cara. Los editores se lo peloteaban como jugadores calentando en la cancha antes de un partido de fútbol. Hubo uno en especial que lo meció durante años y que en el colmo de su insensible divertimiento hizo que Toole corrigiera una y otra vez determinados pasajes de su novela, dándole vanas esperanzas de verla publicada, de por fin terminar de parir a su mofletudo y misántropo anti-héroe Ignatius J. Really.
Un día, sin decirle nada a nadie, el escritor de 32 años manejó desde su Nueva Orleáns natal hasta Biloxi, Mississippi, donde paró en un descampado. De la maletera sacó una manguera y conectó uno de los extremos al tubo de escape. Por la ventana del lado del conductor introdujo el otro extremo en el habitáculo del auto. Abrió la puerta y se acomodó en el asiento, subió la ventanilla y encendió el motor.
Se suicidó.
Así, de pronto, muerto por las letras… se diría incluso que a manos del mismísimo Ignatius.
No hubo otra razón aparente, al menos a primera vista.
Pero alrededor de diez años después, mientras ordenaba la habitación de su difunto hijo, la madre de John Kennedy Toole encontró un casi ilegible manuscrito. Lo leyó y le pareció una obra maestra. En ese momento la buena señora Toole se impuso la tarea de hacer que la novela que empujara a su hijo al suicidio fuera publicada. Empezó entonces un extenso y particular calvario que la llevó a presentar el manuscrito en infinidad de editoriales, sin resultados, como pasó con su hijo; sin embargo, a diferencia de John, ella tuvo el tesón necesario para agotar todas las posibilidades y finalmente tocar la puerta del escritor Walker Percy.
Percy no sólo leyó la novela sino que la devoró, cada vez más entusiasmado. Él mismo presentó el manuscrito en la editorial de la universidad donde impartía clases, la estatal de Luisiana. La conjura de los necios vio la luz, al fin, en 1980. En 1981, a John Kennedy Toole le fue concedido el premio Pulitzer de manera póstuma.
Dicen que se trata de una inteligentísima, ácida y disparatada novela. Muchos no dudan en comparar con el Quijote al personaje principal, el desmesurado gordo Ignatius J. Really. Incluso hay una estatua de Ignatius en la calle Iberville, de Nueva Orleáns.
Aunque, sinceramente, no sé por qué.
González Nohra y la «Popmodernidad»
Hace dos años, un congreso celebrado en Madrid sirvió para que dos presuntas corrientes literarias peruanas se enfrentaran entre sí. A saber, la literatura «criolla» y la literatura «andina». Nunca quedó claro si los «criollos» eran los que habían nacido en Lima, los que escribían sobre sucesos limeños, los que publicaban en España o los que eran reseñados fuera del Perú; de la misma manera que jamás quedó claro si los «andinos» eran los que habían nacido en provincias, los que escribían sobre sucesos provincianos, los que sólo publicaban en el Perú o los que nunca habían sido reseñados fuera del Perú. Discutir sobre esas cosas, precisamente ahora que un escritor ayacuchano puede ser leído desde Helsinski a través de internet, se me antoja innecesario. Pero sobre todo porque categorías como «criolla» o «andina» no sirven para definir Por favor no empujen, primera novela del joven narrador peruano Fernando González Nohra.
Para que una novela peruana pueda ser calificada de «andina», debería estar en deuda con José María Arguedas, Ciro Alegría o Manuel Scorza, pero no he percibido la lectura de esos autores en Por favor no empujen. Por otro lado, para que una novela peruana pueda ser calificada de «criolla», por lo menos debería estar en deuda con Vargas Llosa, Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro, pero Por favor no empujen tampoco nos remite a la lectura de esos escritores, aunque sí los cita con efusión. En realidad, el mundo de González Nohra está más en sintonía con el cine, la música y la televisión, y tanto su trama como sus criaturas podrían ser de cualquier lugar del mundo. Ni siquiera es una novela postmoderna, sino «popmoderna».
A medio camino entre Roberto Bolañoy Quentin Tarantino, los personajes de Por favor no empujen son «detectives» y además «salvajes», pues su relación conla literatura es agónica, excesiva, violenta y tribal, aunque felizmente el humor los redime y los humaniza, dándole a la novela una impronta carnavalesca, en los términos definidos por Mijaíl Batjín. La diferencia está en que González Nohra no carnavaliza ni el arte, ni la cultura, ni la literatura, porque ha elegido carnavalizar los referentes musicales, televisivos y cinematográficos del mundo globalizado. De ahí que Por favor no empujen (sin coma) sea una novela «popmoderna».
Fernando Iwasaki
Sevilla, otoño de 2007
Por favor no empujen, novela.


Por: Daniel Vidal Toche
La primera publicación de Fernando González Nohra se compone de seis relatos. Lo curioso es que puede funcionar como una novela elíptica, plagada de silencios en los que el lector es envuelto y las respuestas le son concedidas en pequeñas referencias que interconectan temporalmente los cuentos. Así, vemos una evolución temporal de la obra como un sucedáneo de capítulos que no traicionan el sentido de ninguno de ellos. Por ello, a diferencia de otros libros de estilo semejante, es preferible leerlo en el orden trazado por elautor y no adelantarse «… para no perder el paso».
En Por favor, no empujen el humor ácido es el pretexto para mostrar la verdadera soledad de Gonzalo, personaje principal y narrador de sus desencuentros, que vive en una ciudad como Lima, donde es testigo a diario de «cómo la neblina que subía por el acantilado se iba tragando de a pocos la ciudad». Un lugar en el cual todos parecen caminar en su contra: «Los pocos que caminan en mi dirección lo hacen tan lento que se convierten también en un estorbo, tengo que esquivarlos para no perder el paso». Un reflejo vital de lo que significa vivir en un país divorciado de sí mismo. Donde los conflictos no sólo habitan en lo hondo de la pobreza, sino que se presentan a cada esquina como reiterando, una y otra vez, que permanecerás «vivo y vacío» (paráfrasis usada por Gonzalo con respecto a Henry Miller).
El estilo narrativo del autor es frugal; no ahonda en extravagancias. Su lenguaje transmite el habla limeña sin ambages. Para el autor es vital que se deje hablar a los personajes, y esto se logra en Por favor, no empujen. Gonzalo jamás deja de ser él, jamás permite que la vida y los personajes estrafalarios —sátiras de una sociedad exagerada como la limeña— mellen en él.Seguirá intentando escribir, que en este caso es lo mismo que intentar sobrevivir.
Forografía de portada: Elisabeth Prina

Una urbe de seres extraños, literatos obsesionados por transgredir lo real. Los cuentos de Fernando González buscan sorprendernos y lo logran en base a una naturalidad matizada por lo obsceno, no exenta de ironía, para deslizarnos por un mundo procaz lleno de analogías, con un lenguaje a veces sutil, y no pocas veces intempestivamente hiriente, con las que trastoca nuestra vulnerable posición de lectores. Son historias de escritores, en que la realidad se cruza con lo literario, donde los roles actanciales de lospersonajes juegan a ser Otro en diferentes planos, desconcertándonos por veces, pero luego para demostrar que la realidad en que vivimos no es menos inocente que la realidad de la ficción. Y es lo que vemos, por ejemplo, en Puta en ciernes. Con ambientes, climas, que nos recuerdan al más fino Julio Ramón Ribeyro, nos vemos inmersos en una ciudad implacable, y nos dice, con cierta burla: "En Lima abundan esas personas que fuman comosi al día siguiente se fuera a acabar el mundo, pero que son absolutamenteincapaces de comprar sus propios cigarros."
En Pavarotti, en vivo, el humor nos recuerda que vivimos en constante peligro a caernos de nuestras propias caretas, resbalarnos ante nuestra mejor actuación. Somos marionetas del destino, somos actores de nuestras desgracias y tercos aventureros a la conquista de una felicidad quizás inexistente o imposible de ser vivida en la tierra, en esta vida que conocemos, bajo los moldes implantados por una cultura a la que sólo hay que someternos. Los personajes exagerados de Fernando González buscan no sólo impactarnos por sus perversiones u obsesiones, o por sus rebeldías, sino además por la caracterización realista y a la vez sobrenatural en que han sido trazados. Su humor, por ratos a lo Alfredo Bryce, nos devuelve a una Lima un tanto pintoresca, rescatando la oralidad y el habla coloquial de las calles más representativas de una ciudad en constante cambio. Esa relación hombre-ciudad se ve reflejada en estas líneas: "Ya era tarde, tenía que hacer. Pagué y me fui caminando a mi casa: pasé por la iglesia, atravesé el parque, vi alGreñas, también a Aceituna-Kateska, iba de la mano de un gringo con pinta de intelectual; llegué a Diagonal, el semáforo estaba en rojo y pude cruzar;caminé por Mártir Olaya esperando ver a alguien. No había nadie. Salí por elpasaje Champagnat, y otra vez Diagonal; ya estaba en Pardo y seguí andando, porla alameda... Llegué a mi casa, nueve y media de la noche. Nadie había llamado. Me puse a ver televisión. Sonó el teléfono. No contesté." Un hombre consciente de su ciudad es un hombre obsesionado por conocer al otro. Es allí que nos identificamos entre estos personajes confrontados, en el que la vida se puede convertir en una lucha grotesca por sobresalir, o por ser quien quisiéramos para no ser lo que somos cuando nos hastiamos de vivir una simple cotidianeidad, esa muerte cotidiana.
En Preservado en formol, el cuento más largo y ambicioso, entramos a lo que se propuso el narrador desde un principio: acceder a una realidad plena de paradojas, juegos absurdos, en el buen sentido de la literatura esperpéntica de Valle Inclán. Leamos un fragmento: "Después devomitarlo todo, llegué a la conclusión de que todos estábamos hechos de la misma clase de mierda; claro que en diferentes grados y con distintos niveles de incidencia, pero al final no éramos más que eso: mierda, y en estado puro. Lo que realmente quiero decir es que hay casos -la mayoría- en que la gente nosólo evacua mierda por el culo, sino que además se les sale por todos los demás orificios corporales; a saber: poros, orejas, conductos nasales, vagina, uretra, etc.; mientras que en otros, la mierda alcanza sólo la cuota necesaria para poder llamarnos con propiedad seres humanos, porque la mierda es inherente a la especie humana... Y esto es cierto, aunque te duela."
Finalmente, cabe señalar que Por favor, no empujen parte del a realidad más descarnada en un mundo canibalesco, pero cercano: una Lima saturada, en donde para vivir hay que despojar el lugar del otro, empujarlo,como reza el título. Se puede leer, también, como una sátira a nuestros modelos culturales y además como una parodia al mito del progreso. Ciertos pasajes aluden al tipo de crítica que hacía William S. Burroughs en El almuerzo desnudo a la sociedad consumista, policial y alienante de los Estados Unidos. Es poco probable, por eso, que el lector salga del todo ileso.
Miguel Ildefonso, el martes 16 de octubre del 2007 durante la presentación de Por favor, no empujen.
Librería Crisol. Óvalo Gutiérrez, Miraflores.
Mundos coñiformes...
No me acuerdo cómo ni dónde fue, pero estaba acodado en la barra de un bar viejísimo y malísimo -de esos que tienen aserrín en el suelo-, cuando de pronto advertí que a mi lado había un calvito-cabeza de rodilla esperando ser atendido. Borracho y todo lo reconocí al toque: era Henry Miller, autor de los “trópicos”. No perdí la oportunidad y lo abordé invitándole una cerveza, consiguiendo así una entrevista en exclusiva con él:
F.G.: Dígame una cosa, señor Miller...
H.M.: Tutéame, llámame Henry.
Bueno, Henry, ¿qué significado tiene para ti un libro?
El significado de un libro radica en que el propio libro desaparezca de la vista, en que lo mastiques vivo, lo digieras e incorpores al organismo como carne y sangre que, a su vez, crean nuevo espíritu y dan nueva forma al mundo.
Interesante postulado.
Ajá. ¿Acá sirven vino en botella tapa rosca?
Hmmm... No, creo que no, sólo cerveza.
Esto es una mierda. En fin, prosigue.
A pesar que la gente te conoció te tenía como la persona más amable y gentil, muchos de los que han leído alguna de tus obras te consideran un tipo duro, vil, hasta inhumano. ¿Qué opinión te merece este concepto que el grueso de la gente tiene de ti?
Si soy inhumano es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por preceptos morales y códigos, definido por trivialidades e ismos.
Pareces tener en muy bajo concepto a la especie humana, como si no te quedaran casi esperanzas...
Es que es desalentador. El hombre no es capaz siquiera de destruirse a sí mismo; sólo puede destruir a los demás. Estoy asqueado.
Suenas como un hombre justo.
Me ofendes, y te digo por qué: son los justos quienes nunca han conocido el secreto de la confraternidad humana. Son los justos quienes están cometiendo los crímenes contra el hombre, los justos son los auténticos monstruos. Los justos son quienes exigen nuestras huellas dactilares, quienes nos demuestran que hemos muerto aun cuando estamos ante ellos en carne y hueso.
En conclusión, ¿el mundo es una mierda?
Lo único que te puedo decir respecto a eso es que la gran casa de putas en que han convertido la vida no requiere decoración.
Crees entonces que el mundo no pasa de ser un gigantesco prostíbulo.
Sí, la amarga experiencia me ha enseñado que lo que sostiene al mundo es la relación sexual.
Ya que estamos tocando el tema, ¿qué opinión tienes de las mujeres?
Muy simple, pues que al parecer no tienen bastante con un buen polvo... quieren tu alma también.
¿Te refieres a todas las mujeres?
Sí.
¿Qué más has aprendido de tanta mujer en tu vida?
Que hay coños caníbales, que se abren de par en par como las mandíbulas de la ballena y te tragan vivo; hay también coños masoquistas, que se cierran como las ostras y tienen conchas duras y quizás una perla o dos dentro; hay coños telegráficos, que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y rayas; hay coños políticos, que están saturados de ideología y niegan hasta la menopausia; hay coños vegetativos, que no dan respuesta a no ser que los extirpes de raíz; hay coños religiosos, que huelen como los adventistas del Sétimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja, excremento de ovejas y, de vez en cuando, migas de pan; hay coños diversos, que se resisten a cualquier clasificación o descripción, con los que te tropiezas una sola vez en la vida y que te dejan mustio y marcado; hay coños hechos de pura alegría, que no tienen nombre ni antecedente y son los mejores de todos, pero, ¿adónde han ido a derramarse?
No sé, si lo supiera ten por seguro que no estaría aquí.
Miller se había quedado callado de súbito; con la cabeza en alto miraba hacia un punto indeterminado con ojos luminosos, casi incendiarios, como si de repente le hubiese venido a la mente un remoto polvo magistral, antológico. Estrelló con fuerza su vaso vacío contra la barra del bar, pidiéndome que le sirviera más cerveza; luego me gorreó un cigarro y, sin mirarme siquiera, sentenció:
Y, por último, existe el coño que lo es todo y vamos a llamarlo supercoño, pues no es de esta tierra, sino de ese país radiante a donde hace mucho nos invitaron a huir: el País de la Jodienda, que es donde vive el Padre Apis, el toro profético que se abrió paso a cornadas hasta el cielo y destronó a las deidades castradas del bien y el mal.
Gracias, maestro.
De nada, hijo.
Oye, Henry, no quiero quitarte más tiempo. Para terminar, y aunque sea una pregunta muy trillada, ¿qué podrías decirles a los nuevos escritores o a los que pretenden serlo?
Que las ideas tienen que ir unidas a la acción; si no hay sexo y vitalidad en ellas, no hay acción. Las ideas no pueden existir solas en el vacío de la mente. Las ideas están relacionadas con la vida: ideas hepáticas, ideas renales, ideas intersticiales.
Gracias por tu tiempo, Henry. ¿Alguna otra cosa más que quisieras añadir?
No, ya me cansé de hablar contigo.
Entonces llegó una furcia y nuestro entrevistado se fue con ella en el acto. Los vi entrando juntos en el baño. Le deseé suerte, aunque era obvio que no la necesitaba; en cambio yo sí que la necesitaría: no tenía cómo pagar la cuenta... tendría que lavar los platos, otra vez.
* Textos de las respuestas tomados de Trópico de cáncer y Trópico de capricornio.
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¡No me llames macarroni! ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!
Llega un momento en la vida en que se nos acaban las lecturas, los libros que comer. Nuestros escritores predilectos no tienen nada nuevo que ofrecernos, puesto que los pobres hace rato que están ya tres metros bajo tierra. Es entonces que emprendemos una búsqueda desesperada de autores cuyas obras nos atrapen como lo hicieran las de nuestros ilustres finaditos.
Primero nos ponemos a la caza de algún título que llame nuestra atención y nos golpee repetidas veces en la cara. Pero no pasa nada y la búsqueda se nos hace infructuosa e inútil, insulsa. No es que no haya nuevos escritores; los hay, y en cantidades industriales, pero desilusionados descubrimos que cada uno de ellos es peor que el anterior, aunque en un inicio pensáramos que aquello sería difícil, por no decir imposible.
Es cuando recurrimos nuevamente a nuestros muertitos para averiguar cuáles fueron los autores que les movieron el piso y zamaquearon sus cerebros, revolviéndoles las tripas en el trayecto. Así conocí a John Fante, escritor norteamericano nacido en 1909. Hijo de inmigrantes italianos, Fante pasó una infancia de pobreza y prejuicios anti-italianos en la que desarrolló su habilidad como escritor y la necesidad de servirse de ella.
En la tetralogía conformada por las novelas Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Sueños de Bunker Hill y Camino de Los Ángeles, protagonizadas por su alter ego Arturo Bandini, Fante narra la historia de su propia vida a través de un personaje que es a veces brillante e impulsivo, joven y maduro, generoso aunque de espíritu ambicioso.
En dichas novelas encontramos a Bandini sumido en su particular miseria, buscando el reconocimiento como escritor. Por momentos Arturo cree que lo es, en otros detesta cada idea o frase que se le viene a la cabeza, pero al mismo tiempo parece tener un destino marcado y se deja llevar por la marea humana que lo envuelve, es decir su familia -en especial su padre- y, por encima de todo, las mujeres. Lo que sucede en Pregúntale al polvo, que comienza con un Bandini de veinte años dispuesto a perder su virginidad a como dé lugar. Este proyecto no se debe a la pura efervescencia hormonal del protagonista sino a que éste considera que experiencias de esa índole serán vitales en su escritura. Sí, Arturo está bloqueado y cree que saliendo de pito volverá a escribir. Por eso pretende experimentar las (des)dichas del amor y sortear de ese modo la temida página en blanco. Es así que también empieza su tormentosa relación con Camila, la bella camarera mexicana que acapara su atención y que es a su vez ingrediente fundamental en el desarrollo de la historia.
Gracias a las fluidez soberbia de la pluma de Fante, los párrafos poseen el don de la medida justa y en ningún momento el discurso eclipsa los significados; más bien se produce lo contrario, pues la exquisitez del lenguaje matiza de tal manera la narración que le aporta textura y elevación.
John Fante vivió de lo que escribía, esto es, guiones para películas de escasa o nula recordación. Nunca llegó a ser un escritor exitoso; tal vez sublimara la frustración escribiendo este puñado de novelas en las que quiso establecer un final alternativo para una vida que, como la suya, había sido consumida por la mediocridad.
El autor no escribió Sueños de Bunker Hill, sino que se la dictó a su mujer, ciego a causa de la diabetes. A pesar de tratarse de su primer trabajo, Camino de Los Ángeles fue publicada póstumamente en 1985.
Lo confieso: nunca lo entendí, o probablemente sí pero jamás quise comprenderlo. Reconozco, además, que se me quitaron todas las ganas que tenía de leer otra cosa tuya; así que, como comprenderás (y pido me disculpes si de alguna manera llego a herir tus sentimientos), voy a ser muy subjetivo en cuanto a mis apreciaciones.
Simplemente no te entiendo, y menos todavía a todos aquellos que te han proclamado el maestro de lo escueto (allá ellos, total, yo no soy cuida-culos de nadie); yo podría decir, sin embargo, que eres el MAESTRO de lo ESCUÁLIDO... Y es que lo tuyo no tiene sustancia, te olvidaste de aderezar el menestrón, así de simple... al menos en lo concerniente a ese “cuento” (nota las comillas, por favor) tuyo tan famoso; de lo demás no puedo hablar porque, como te dije antes, se me fueron toditas las ganas que pude haber tenido de leer otro de tus escritos.
Quiero que, con tu venia, vayamos un poco más allá de esta actitud mía tan hepática, porque si no, si sigo en este plan, mi hígado, que dicho sea de paso se encuentra en un estado de evidente efervescencia, terminará por explotar y salpicará de esputos de odio todos mis órganos vitales; así que te voy a dar una última oportunidad (y sólo una, ¡entiéndeme!) de explicarme tu actitud o proceder o qué sé yo qué cosa...
Vayamos al grano:
EL DINOSAURIO
Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.
¿Qué carajo es eso? Monterroso, tío, no trates de verme la cara de idiota, no me huevees y explícame qué tipo de pajazo mental es ése. ¡Por Dios!, ¿acaso es tan difícil ponerse en mis zapatos? Sinceramente no, de hecho estoy seguro que muchos piensan igual que yo; pero ése no es el punto, el punto es que ha llegado el momento de que me sueltes a los perros y descargues toda tu artillería, a ver si puedes conmigo.
¿Qué?, ¿que guarda un mensaje cargado de simbolismo? Sí, sí, ya sé que puede tratarse de un tipo con un problema tan grande como un dinosaurio y que nunca podrá zafarse de él; y también sé que, en todo caso, lo dejas a la libre interpretación de cada uno. Pero no me vengas, pues Augustito (nos podemos tutear, ¿no?), eso es facilismo y no me satisface. Es más, yo podría decir lo mismo en lo que se refiere a un cuento mío (nota ahora la ausencia de comillas) de sólo dos párrafos y cagarme en toda esa gente que luego de leerlo o escucharlo concluyeron que se trataba de un poema en prosa... Pero si ¡TIENE MÁS SIGNIFICADO QUE TU DICHOSO DINOSAURIO DE MIERDA! Y narra una historia, además.
No.
No.
No me jodas.
¿Pretendes que pierda el control?
Déjame decirte una cosita: no es que seas escueto, Augusto, para mí no eres (o fuiste, no sé, en cuyo caso pido de antemano las disculpas correspondientes) más que un flojo y un advenedizo. Sí, te explico: yo, que recién me estoy iniciando en este maravilloso mundo de las letras, podría escribir un cuento parecido al tuyo pero con la diferencia de que se trataría de un escrito con mayor significado y, lo más importante, un escrito más acorde con los tiempos que corren e infinitamente más comprensible para el común de los lectores, además. ¿Que no me crees? Pasaré a explicártelo, si me lo permites: el personaje de mi cuento haría algo por solucionar ese problema inmenso que lo aqueja, no se resignaría a vivir con él ad infinitum; aparte, el problema sería, en sí mismo, susceptible de ser superado. Claro, la naturaleza del objeto con que lo simbolizaría podría dejar entrever una gama inmensa en lo que respecta a su magnitud. Y, tal como dijera antes, que el protagonista actúe en orden de librarse del problema le da, valgan verdades, un valor agregado en despecho del dinosaurio y de la puta que lo parió.
Ahí te va:
EL MOJÓN
Y después de jalar la cadena, el mojón todavía estaba ahí.
¿Ya ves, Monterroso?, soy más grande que tú.